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Incertidumbre y confianza

Miguel Ángel Manzano – Doctoralia.es

Viniendo de donde venimos, de la familia primate, no es difícil adivinar que una de las emociones que nos genera más rechazo es la “incertidumbre”.

Y es que en un contexto salvaje, o las cosas son peligrosas o no lo son, pero eso de no saber si lo son, o en que proporción, o si me tendré que proteger o no… todas esas eran cuestiones que estamos aprendiendo sobre la marcha, y que son consecuencia de los cambios en el estilo salvaje, el zoo que hemos construido a nuestro alrededor para protegernos.

Así, frente a la duda, en el mundo salvaje se opta directamente por incluirla en peligro, y la incertidumbre dura un segundo, o ni eso. Así que no tenemos bagaje de adaptación y convivencia con la incertidumbre, lo que explica nuestra dificultad para experimentarla.

Y como no nos gusta preferiríamos no vivirla, y de hecho procuramos no vivirla (aunque nos acompaña siempre). Así intentamos acogernos a certezas, a pilares de seguridad, y no hay nada más seguro que lo que ya ha pasado. Y es así, como acabamos apostando nuestra vida por los patrones antiguos que funcionaron una vez, aunque esté claro que ya no sirven, ¡nos dan seguridad!. “Eso ya sé de qué va”, “ya lo he vivido”, “ya sé que consecuencias puede tener y cuales no”.

Así que como terapeuta, uno sabe que la incertidumbre forma parte natural de la terapia, y es que, una parte de nuestro trabajo consiste en que la personas deje de confiar en lo que una vez sirvió pero ya no. Y cuando se dejan atrás esas falsas certerzas, la persona se siente insegura, pero especialmente, siente incertidumbre porque ya no sabe qué puede esperar, la vida se vuelve un territorio nuevo, donde las
consecuencias no se pueden preveer.
Como ya no hace lo que siempre ha hecho, ya no espera lo que siempre ha recibido, pero es que además no sabe qué va a recibir.

A esa incertidumbre la llamo el “malestar del cambio” que es tan desagradable como maravilloso.
Es desagradable porque como primates preferiríamos no saberlo, pero es maravilloso porque demuestra que la persona ha dejado atrás falsas certezas y se mueve un territorio nuevo del que no sabe qué esperar, así que se reinicia ese proceso de ensayo y error que es la vida.

En este punto, muchas personas empujan para que adivinemos lo que sucederá, que calmemos su incertidumbre, que les ayudemos a saber quienes son en este nuevo contexto.
Frente a este contexto, yo prefiero apelar por favorecer la tolerancia a la incertidumbre, de una forma que no resulte excesiva para la persona, y añadiendo dosis de confianza.
Hacer notarle a quien experimenta la incertidumbre que la solución es volver a lo que fue, pero que eso no funcionó, e involucrarse en la confianza que uno será capaz de hacerse cargo de las consecuencias, unas gustarán y otras no, pero todas se podrán afrontar a su debido momento.

En resumen, y desde mi perspectiva más mística, creo que la incertidumbre es la emoción más espiritual, pues al experimentarla y permitirla nos estamos alejando de las falsas certezas con las que vive el primate, y nos abrimos un mundo nuevo, que aderezándolo con confianza, nos podemos dar la oportunidad de conocerlo poco a poco. Aunque eso ponga a prueba nuestra paciencia.

Post inspirado en “cisne negro” de Nassim Nicholas TalebIMG_6535

Análisis Funcional de Conducta

Miguel Ángel Manzano – Doctoralia.es

Os dejo algunos ejemplos sobre el uso del análisis funcional de conducta en situaciones habituales en psicoterapia.

Analisis Funcional de Conducta (pdf)

la metáfora del árbol

Miguel Ángel Manzano – Doctoralia.es

logo ARBOL MANZANO

Imagina por un momento que quieres cultivar un bonito árbol.

Para conseguirlo, yo colaboraré aportándote una semilla. A partir de ahí, todo depende de ti.

Si tienes una semilla y quieres que se convierta en un árbol, ¿qué tendrás que hacer? La respuesta para la mayoría de urbanitas sería “conseguir un recipiente, tierra y abono”. Y, ¿esto donde se encuentra? En un Garden Center, por ejemplo. Pero como suelen estar a las afueras de las zonas residenciales, seguramente nos dé pereza acercarnos hasta allí. Y entonces diremos, “ya iré”, posponiendo nuestro proyecto.

Al decidir que irás en otro momento, estás consiguiendo que en ese instante el esfuerzo inevitable de tener que moverte para comprar se elimine. Pero entonces hay un problema. Cuando te metas por la noche en la cama, ¿qué tendrás en la mano? ¡LA SEMILLA! Pero no ha empezado a convertirse en árbol.

Y sí, es verdad, podrías comprar el árbol del que estamos hablando, pero también sabes que nunca sería lo mismo que si lo hubieras cultivado tú.

Al día siguiente, si quieres que al acostarte no esté la semilla en tu mano ¿qué tendrás que hacer? ¡Ir a comprar! Y para conseguirlo, tienes que ser paciente contigo mismo y con la sensación de falta de ganas de ir en ese momento, porque es cierto que desplazarse hasta el Garden Center supone un esfuerzo, pero justamente eso es compatible con tener ganas de tener un árbol.

Supongamos que, finalmente, decides ir a comprar. El siguiente paso, de vuelta a casa, será plantar la semilla, ¿verdad? Pero podemos sentir que por hoy ya nos hemos esforzado suficiente —y no digo que no sea así. Aunque, si nos dejamos llevar por esa sensación, ¿qué será lo siguiente que nos apetezca hacer? Descansar. Y al llegar la noche y meternos en la cama, ya puedes imaginar lo que pasará. ¿Qué descubrimos en nuestra mano?… ¡UNA SEMILLA!

Al día siguiente, con voluntad te decides a plantarlo, pero al abrir el saco de tierra descubres con desagrado que… ¡mancha! Y tú no te quieres manchar. Para no experimentar esa suciedad, ¿qué harías? Efectivamente, cualquier otra cosa. Pero, al llegar la noche, ¿qué encuentras en tu mano? ¡CLARO, UNA SEMILLA!

Si decides vivir calmadamente la experiencia de ensuciarte, te pondrás manos a la obra y prepararás todo lo necesario, y… ¡ya podrás desprenderte de la semilla!

El siguiente paso es regar, pero claro, ¿qué haces regando un trozo de tierra? La imagen de uno mismo regando un trozo de tierra es un poco extraña, y si no quieres sentir que eso es muy raro, ¿qué harías? No regar. ¿Y qué probabilidades tienes de tener un árbol? ¡Cero!

Te decides que por raro que sea regar tierra, eso tiene sentido porque saldrá un árbol, o no. Porque, ¿quién te garantiza que vaya a brotar? ¿Quién te asegura que tu esfuerzo tendrá resultados? Como no estás dispuesto a esforzarte en vano, ¿qué haces entonces? Lo adivinaste una vez más: No regar. Y ¿qué probabilidades tienes de tener árbol? Cero.

Una vez más te superas a ti mismo, y sigues adelante, pero aparece otra duda: ¿Y si sale un árbol que no me gusta? Esforzarte por algo que no valga la pena no está en tus planes. Así que… ¡dejamos de regar! Resultado: cero posibilidades de que brote.

Y por cierto, ¿recuerdas por qué empezó todo esto? PORQUE QUERÍAS UN ÁRBOL. Aunque sé que a estas alturas ya no tienes muy claro si lo quieres o no. ¿Te suena esa sensación de confusión?.

Si a pesar de todos esos obstáculos sigues adelante, es posible que tengas alguna oportunidad de tener un árbol. Es verdad que nadie puede garantizártelo, pero —a menos que lo compres— cultivarlo es la única forma de conseguirlo. Si logras que brote, ¡FELICIDADES!; y si no ¡FELICIDADES! Porque nunca te podrás reprochar que no tuviste el árbol por falta de compromiso, te podrás decir: “he hecho todo lo que pude”.

Supongo que ves a dónde quiero llegar con esta historia, ya sé que he exagerado un poco, y que plantar un árbol quizá no sea para tanto, pero ¡ya sabes como somos los psicólogos!

Imagina que ese árbol del que hablamos es tu vida, te das cuenta de todos los pasos que tenemos que dar para hacerla “brotar”, para hacer que siga adelante. E inevitablemente, muchos de esos movimientos suponen algún tipo de estados emocionales desagradables (no tengo ganas, “¿de qué servirá?”, esfuerzo, etc). Si para no experimentar ese malestar, nos deshacemos de él de manera inmediata, es posible que también nos estemos apartando de la oportunidad de conseguir desarrollar una vida de la que sentirse orgulloso, en la que no te puedas recriminar que no jugaste con toda la energía que requería.

La metáfora de la semilla_rev2 (pdf)

Dudar de lo que veo

Miguel Ángel Manzano – Doctoralia.es

La Terapia basada en Aceptación, fomenta que uno no se tome en serio todo lo que sucede dentro suyo, en concreto pensamientos y emociones.

Es decir, no hace falta que asumas como válido y propia cualquier cosa que pienses o sientas. No todo lo que piensas o sientes te representa, y no hace falta ni que lo intentes eliminar, ni que lo transformes en acción.

De hecho, tú no eliges tus pensamientos y emociones, así que por qué sentirse culpable, responsable o considerar que esos pensamientos son tuyos.

Es curioso como no tratamos todo lo que sucede dentro nuestro de la misma forma. Me explico, uno sabe que digiere, pero no cree ser su digestión, ni sus jugos gástricos. Uno no se define por como funciona su sistema digestivo, asumiendo “soy una persona muy ácida porque digiero varias veces al día”.

Pero sí lo hacemos con lo que pensamos y decimos, aunque está de sobras demostrado que uno no crea la inmensa mayoría de pensamientos que experimenta durante el día. En realidad, pensamientos y emociones son reacciones instantáneas que suceden como resultado de una situación concreta en un organismo en concreto, que tiene una biografía determinada.

Uno dice que “TENGO problemas de digestión” pero “PERO alguien negativo”, cuando en realidad “ser alguien negativo”, es que TIENES muchos pensamientos, erróneamente, denominados negativos, sencillamente porque te encuentras en tensión.

Otro motivo para dudar de los pensamientos y emociones que suceden dentro nuestro es que son el resultado del procesamiento de la información que recibimos desde fuera.

Pero, ¿podemos confiar en nuestra percepción del mundo?

ilusion

Fíjate en la siguiente imagen, en la parte de la izquierda, si te pregunto, ¿cuál es el señor de mayor tamaño? Probablemente tu percepción, aunque sabes que no así, es que el del fondo (otra ilusión porque es 2D, es decir, no hay fondo). Si te fijas en la imagen de la derecha, verás claramente que todos son iguales.

Este pequeño experimento, y millones más que puedes encontrar en internet nos dan una muestra de los pobre y sesgada que es nuestra percepción del mundo. Pero es la que tenemos y la que necesitamos.

Pero, sabiendo que el mundo probablemente no es como lo ves, al menos permítete la duda de que tu visión del mundo no es “verdad”, ni completa, y permítete cambiar de opinión, y especialmente, no tomarte en serio los pensamientos y emociones que suceden dentro suyo, porque muchos son el resultado de percepciones reales, pero ilusorias.

Post inspirado en la lectura “pensar rápido, pensar despacio” de Daniel Kahneman, y no creo que sea el último que inspire.

Dejo algunos recursos para profundizar en las ilusiones:
http://www.scientificpsychic.com/graphics/ilusiones-opticas.html

http://verne.elpais.com/verne/2016/03/04/articulo/1457088168_275195.html

No sé lo que soy

Miguel Ángel Manzano – Doctoralia.es

Parecemos seres sólidos.
Aunque somos un 75% agua y entre las moléculas que nos forman hay más “vacío” que materia.
A lo que hay que sumar, que gran parte de nuestra conducta nos resulta invisible al ser hábitos remotos automáticos que ni siquiera recordamos cuando los adquirimos.
Y aún así defendemos nuestra forma de ser y vivir, nuestra identidad como algo estable y concreto.

Percibimos el mundo como un lugar sólido estable.
Pero la ciencia nos demuestra que nuestra visión del mundo se produce en nuestro cerebro como resultado de lo que hace nuestro sistema nervioso con la información que le llega de los sentidos.
De hecho, ahí fuera hay más información que nos es invisible (fuera del rango de percepción de los sentidos) que la que percibimos, aún así defendemos nuestra visión del mundo, y aseguramos que las cosas son así.

Quizás es momento de abandonar la visión que tenemos de nosotros mismos, empezando por desconfiar de las apariencias y reconocer que no sé lo que soy, y que cualquier visión que tenga de mí siempre será parcial y temporal.

Quizás es tiempo de abandonar el esfuerzo por responder la pregunta ¿quién soy? y simplemente esperar a que la respuesta acuda en el único momento que importa, ese instante antes de morir. Esa respuesta que acude al moribundo en forma de recuerdos sobre cómo ha vivido la vida, y que permiten una despedida en paz, o no tanto. Y parece que esa paz está muy relacionado con lo orgullosos que estemos sobre cómo hemos afrontado las circunstancias que no pudimos elegir.
Por tanto, más que definiciones, descripciones, categorías, suma de características, en realidad, somos el conjunto de nuestras experiencias, y donde permitimos que nos lleven.

La definición, el conocimiento verbal descriptivo que tienes de ti, no te ayuda demasiado a vivir con mayor intensidad tu vida, en realidad, en la mayoría de los casos que observo (y autoobservo), parece ser un inconveniente añadido.

¡Deja de pensarte! Miguel deja de pensarte. Y es que si piensas mucho en ti, de forma casi obsesiva, es que eres para ti una obsesión, y estás obsesionado simplemente porque te consideras un grave problema que necesitas una solución urgente.

Y todo ese dolor tiene su origen en que no confías en ti, pero no pretendo culparte, ni culparme de ello, y es que simplemente, nadie ha confiado ciegamente en nosotros, nadie nos ha transmitido, “tal y como eres, es perfecto”. Si estás dispuest@, ha llegado el momento de aprenderlo.

Deja de pensarte en enfócate en tus recuerdos futuros…

Autosabotaje

Miguel Ángel Manzano – Doctoralia.es

Desde el principio de la vida, el juego (hasta hace muy poco) ha consistido exclusivamente en la supervivencia. Todo trata sobre llegar a adultos y procurar la continuidad de la especie en concreto, y la existencia en global.

Así, la prioridad de todos los organismos vivos ha sido maximizar sus oportunidades de supervivencia, o de reducir a la mínima expresión el riesgo de muerte. Y digo todos los organismos vivos, obviamente incluyendo a los seres humanos.

Y siendo la de la supervivencia una ley ancestral, me resulta de lo más llamativo que los humanos hablemos de nuestra capacidad de autosabotaje, es decir, la tendencia a “jugar” contra de uno mismo.

Y es que hemos “humanizado” la conducta humana, es decir, damos explicaciones que asumimos de sentido común pues se corresponden con la observación directa, aunque obvien las leyes más fundamentales sobre la vida.

Así, aún siendo evidente que el objetivo de un organismo es sobrevivir, afirmamos que alguien se puede perjudicar voluntariamente, y lo justificamos apelando a sus propios actos, pero ¿acaso los estamos entendiendo? ¿acaso la explicación que estamos dando se corresponde con leyes naturales más allá de los juicios y opiniones cotidianas en cafeterías, ascensores…?

Si crees que tú mismo, tu pareja, tus hijos, algún amigo, algún familiar, algún desconocido se sabotea, aunque lo puedas justificar con hechos que parezcan demostrarlo, en realidad no te estás enterando de la película. Uno jamás puede ser su propio enemigo.

Pues si la ley fundamental es la de la supervivencia, y tenemos actos que aparentan ir contra uno mismo, debemos crear una explicación compatible.

¿Qué debe ser tan valioso para que estemos dispuestos a sacrificar eso que queremos o deseamos tanto?
¿Quién no está dispuesto a experimentar un mal menor para evitar un mal mayor?

Atendamos a nuestros juicios y observemos como no se ajustan a las leyes de la naturaleza, atendamos al impacto que tienen en quien recibe ese juicio, y ante todo, escuchemos y fomentemos la conversación que nos permita poner de manifiesto “para qué” le sirve a esa persona el ¿sabotaje?, que está salvando al, aparentemente, perjudicarse.

Repito, jamás puedes ser tu propio enemigo. Si crees que te perjudicas, es porque no estás entendiendo tu película, no puedes ver qué estás salvando y sólo puedes percibir lo que estás sacrificando.

Hipocondría

Miguel Ángel Manzano – Doctoralia.es

Hemos convertido la salud de nuestro organismo en una prioridad.
Hemos aprendido a tratar la salud como la ausencia de enfermedad.
Hemos considerado la enfermedad como sinónimo de muerte, y la salud como sinónimo de vida.
En una sociedad que siente pánico y trata como tabú a la muerte, y que está aún, sólo, pendiente de la supervivencia, más que de encontrar el sentido personal de vida.
En este contexto, el hipocondríaco nos enseña una gran lección. Pretender salvaguardar la salud puede convertirse en algo poco saludable para tu vitalidad.
Pendiente todo el tiempo de que no se le escape la vida a través de la enfermedad, pierde la oportunidad de experimentar su propia existencia.
Como consecuencia, su vitalidad y sentido de vida se evaporarán, así como la satisfacción de vivir, y todo lo que le queda es la ansiedad por seguir sobreviviendo.
La vida se convierte en una rutina de preocupaciones y pruebas médicas, donde ya no queda espacio para una vida saludable que te nutra a través de las relaciones, de los acontecimientos que suceden sin que uno los provoque.
El hipocondríaco es el caso extremo que nos muestra con claridad esta lección, pero no nos engañemos, todos somos bastante hipocondríacos.
La salud de tu organismo es importante, pero la de tu vida y existencia también. Y es que hay quien incluso afirma, que lo mejor que me pudo pasar fue enfermar, pues me nutrió de una nueva perspectiva frente a la vida.
y tú ¿vives o sobrevives?

La emoción contiene sensación

Miguel Ángel Manzano – Doctoralia.es

  • ¿Cómo es cuando te sientes triste?
  • Pues es tristeza.
  • Ya pero, ¿dónde la sientes?
  • En la cabeza.
  • Y ¿cómo es la sensación?
  • Pues pienso que estoy triste, solo, que no sé que hacer, que me falta algo.
  • ¿Puedes pensar ahora mismo todo eso? ¿puedes pasar esos pensamientos por tu cabeza en este momento?
  • Sí, creo que sí. Ya.
  • ¿Te sientes triste?
  • Bueno no, no como cuando estoy realmente triste.
  • Así que pensar de esa manera no es sentirse triste. Volvamos a la sensación. Para que un pensamiento sea emoción tiene que estar acompañado de sensaciones físicas. ¿Puedes recordar qué parte de tu cuerpo se siente triste cuando te sientes triste?
  • Ufff, me cuesta mucho.
  • ¿Qué te parece si lo intentamos? Podemos aprender a mirar las emociones de una forma menos mental y más corporal. Dándonos cuenta que para que haya emoción tiene que haber reacción corporal, además de pensamientos.
  • Lo observaré.
  • Perfecto.

Conversación centrada en la emoción

Miguel Ángel Manzano – Doctoralia.es

  • ¿Recuerdas cómo es la ansiedad?
  • Sí claro, la siento ahora mismo.
  • Bien, pues vamos a hacer algo diferente. En lugar de intentar quitártela. ¿Puedes observarla?
  • Sí, ¡la tengo aquí!.
  • Ahora la estás “sufriendo”. Hablo de observarla. Solo observarla. ¿Me dejas ayudarte?
  • ¡Claro!
  • ¿Qué tamaño tiene la ansiedad?
  • ¡Es gigante!
  • Bien, ¿cómo de gigante? ¿Como un ladrillo? ¿Como una bici? ¿Como un coche? ¿Como un camión? ¿Como un edificio? ¿Como una montaña?
  • Es como estar en el centro de un estadio enorme. Sientes que te traga, que no puedes salir.
  • Vale, ahora céntrate en tu cuerpo. ¿Dónde está la ansiedad? 
  • ¡Por todas partes!
  • Obsérvalo con mas detalle, ¿dónde se concentra la ansiedad?
  • Espera
  • Espero
  • Diría que en el pecho.
  • Bien, ¿qué tamaño ocupa esa sensación física?
  • Es un rectángulo en mi pecho. Palmo y medio de ancho y menos de un palmo de alto, y me llega la espalda.
  • Muy bien, la has descrito con gran detalle.
  • ¿Cómo llamarías a esa sensación?
  • ¡¡¡¡Ansiedad!!!!
  • ¿La ansiedad de la que siempre hablamos?
  • ¡¡¡Sí!!!
  • Y… ¿cómo puede una sensación de aproximadamente un palmo cúbico ser como un estadio?
  • Wtf!
  • Parece que esta sensación se hacia pasar por algo mas temible y mayor de lo que en realidad es, cuando la miramos con detalle.
  • Nunca la había visto así.
  • Te propongo que cuando vuelva la ansiedad la observes para desenmascararla. No siempre lo lograras, quizás encuentre la manera de disfrazarse pero finalmente la desenmascararemos las veces que sea necesario.
  • Me doy cuenta que yo soy mas grande que la ansiedad.
  • ¡Así es! ¡Felicidades! Siempre esta dentro tuyo, así que nunca puede ser mayor.
  • Gracias
  • Gracias

Egocentrismo o contextualismo

Miguel Ángel Manzano – Doctoralia.es

A pesar que hace siglos que abandonamos el geocentrismo a favor del heliocentrismo, no sin dificultades, parece que ese conocimiento no ha traspasado al conocimiento sobre la conducta humana.

Y es que, las propuestas teóricas y terapéuticas parecen recaer en considerar al individuo el centro del universo, egocentrismo, al menos de su universo (como si hubiera más de uno).

Podríamos resumir esta postura egocéntrica en que la motivación que surge dentro del individuo es la que lo mueve, y es el propio individuo el responsable de generar y gestionar esa motivación.

Al intentar detallar estas explicaciones vemos que regresamos a las explicaciones mitológicas, y es un Dios, antes llamado Zeus, ahora llamado mente, quien gobierna nuestro universo desde nuestro interior, y para ello dispone de una serie de dioses menores que se ocupan de diferentes áreas, confianza, autoestima, motivación, etc.

Y el individuo realiza una serie de ofrendas en forma de pensamientos positivos, de hábitos saludables, de iniciativa forzada frente a la vida…

Pero como en la mitología, a la hora de explicar de donde surgen y como actúan esos dioses, que podemos concretar en pensamientos y emociones, las diferentes teorías parecen poco fundadas. De ahí la enorme cantidad de enfoques que parcialmente sirven para describir parte de la conducta humana, como hacía con el cosmos en su momento el geocentrismo.

Observemos la teoría psicológica más defendida en la actualidad, que afirma, resumiéndolo, que los pensamientos generan las emociones, y estas determinan la conducta. Aunque es una observación que se puede validar constantemente, esta teoría no explica porqué algunos pensamientos si movilizan y otros no. Tampoco asume que se puede no hacer lo que un pensamiento te indica. Es decir, que no ayuda a explicar de raíz la conducta humana, ni facilita la influencia ni el pronóstico de la conducta, como sucedía con los métodos geocéntricos, que aunque describían el movimiento de los astros, siempre encontraban aspectos que no explicaban o excepciones que no encajaban en la teoría.

Parece que como siglos atrás, nos cuesta renunciar a la sensación de ser únicos y estar en el centro de universo, aunque sólo sea en el centro de ese universo personal.

Y nos resistimos a aceptar que somos un objeto en movimiento, un objeto más que una persona, describiendo una órbita y que nuestra vida está determinada por las fuerzas a las que nos vemos sometidos en ese desplazamiento. Que al entrar en contacto con otro “planeta”, otro ser humano, podemos variar nuestra órbita, o la velocidad. Y como resultado nuestra vida cambia, sin que haya mediado nuestra voluntad, ni esfuerzo, ni intención.

Nos negamos a asumir que lo que sucede dentro nuestro, esos dioses, son las consecuencias de ese desplazamiento. Es la forma en que en nuestro interior se procesan las fuerzas a las que constantemente estamos sometidos.

Mientras pensemos que ese dios llamado mente, que es abstracto, difuso y de difícil explicación, es el que provoca el movimiento de nuestras vidas, seguiremos en el egocentrismo, obviando que en el mejor de los casos, la mente, sólo procesa la información de ese movimiento creado por fuerzas generadas entre objetos, como sucede en el resto del universo. Y tendremos que complicar cada vez más la teoría para encajar las excepciones que se dan.

Por otro lado, podríamos denominar al planteamiento externo a la persona, enfoque contextual, pues pone el foco en las circunstancias en las que se da la conducta para ese objeto humano en concreto.

 

Más allá de la psicología, sucede lo mismo con la espiritualidad, que viene a apelar a esa motivación que es el espíritu, y que se supone debes encontrar dentro tuyo. Sería como Júpiter o Zeus, que son lo mismo pero en diferentes culturas. Diferentes nombres y formas para finalmente plantear lo mismo. En psicología estaría la mente y en la espiritualidad el espíritu.

También a Júpiter, como a Zeus, y sus dioses se les hacen ofrendas no comiendo determinados elementos, renunciando a determinadas prácticas, obligándose a otras, rigiéndose por una moral y reglas preestablecidas, esperando que el espíritu esté en paz…

Plateando que si conectas con tu espíritu tu vida será más armoniosa, más clara, sabrás qué hacer pues te guiará, y por tanto, “te irá mejor”.

Insisto, palabras diferentes, que llevan al mismo lugar, a generar la adoración por un Dios interior al que se venera y se busca, para que consiga modificar tus circunstancias y tu vida a otra que te guste más.

Y esa espiritualidad egocéntrica obvia otras descripciones que describen sus experiencias como la desaparición de la existencia de uno en su interior, de la disolución de la identidad personal.

¿y qué queda si se disuelve la identidad personal?

Muchas personas pueden creer que esto es equivalente a la muerte o a un estado vegetativo, pero nada más lejos de la verdad. En ese momento, se observa con claridad el movimiento del cuerpo celeste llamado organismo humano, y su funcionamiento como resultado de la suma de fuerzas a su alrededor, es decir, un organismo al servicio de su contexto, como siempre fue, como siempre es, como siempre será.

 

Pero de momento, seguimos defendiendo que la tierra es el centro del universo y la generadora del movimiento que se observa.