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¡No hace lo que yo le digo!

Recuerdo cuando empezábamos a utilizar los ordenadores y los procesadores de texto. Muchas veces nos frustrábamos y nos quejábamos afirmando “¡No hace lo que le digo!”

Vista desde fuera, esa queja siempre resultaba graciosa, pero probablemente todos la hemos pronunciado. Quien no le ha dicho, y le han dicho “¿sabes que no te escucha, verdad?”.

Poco a poco empezamos a plantearnos que el software estaba creado por unas personas que habían diseñado una serie de comandos y de lógica específicos para lograr que la máquina hiciera lo que tú deseabas. Es decir, si no lograbas lo que querías, es que no estabas entendiendo tú a la máquina, y si querías alcanzar tu objetivo debías dedicar energía a entender cómo lograr que te entendiera.

De alguna manera, la relación con nuestro Sistema Nervioso Autónomo es parecida. Muchas veces nos quejamos que no nos hace caso, que hace cosas sin lógica ni coherencia, y creo que estamos ante una situación equivalente, somos nosotros los que debemos detenernos y entender la lógica que lo regula.

Es cierto que nadie ha diseñado nuestro primate interior, pero es el resultado de miles de años de evolución, y todo lo que hace es porque de alguna manera facilita nuestra supervivencia en el mundo salvaje, aunque no sea muy útil en el zoo que resulta ser nuestra sociedad actual.

Enfadarnos con nuestro sistema de supervivencia, rogarle que deje de pensar o sentir de la forma que lo hace, difícilmente resulta útil.

Si queremos tener una mejor relación con esa parte de nosotros que regula la supervivencia, debemos detenernos y entender la lógica que existe en el monito que vive dentro nuestro. Agradecerle su labor y ayudarle a darse cuenta de las ocasiones en que sus estrategias no son útiles.

La mente como un GPS

Podemos entender la mente como un navegador gps que tratar de darnos las indicaciones para llegar a un punto determinado, en general, la supervivencia y, si es posible, la felicidad.
Con esta introducción puede parecer que las dificultades que tenemos para entendernos con nuestra mente no deberían existir, porque ambos, mi mente y yo, deseamos ir al mismo lugar.

El conflicto, no tiene que ver con el lugar de destino, si no con la configuración sobre cómo llegar a ese destino. 

No sé hasta que punto estás familiarizado con los GPS pero permiten variar algunos parámetros, por ejemplo, evitar peajes, o elegir entre la ruta más rápida o la más corta.

Imagina que tienes un GPS configurado para llevarte siempre por la ruta más rápida. Este patrón puede ser muy útil para llegar puntual al trabajo y las citas, pero ¿qué pasa en el ocio? 
Día festivo: decido ir a comer un pueblo de la costa y hacer una ruta hasta allí turística deteniéndome en diferentes localidades pequeñas. Bonita carretera secundaria que me permite ver el mar, que avanza en paralelo a una flamante autopista de 3 carriles.
¿Bonito, verdad? ¿Sabes cuál es el resultado? Un horror. 

Mientras el sol entra por la ventana del coche y observas el azul del mar, tu gps no para, insistentemente, de recordarte que vas por la ruta ¿equivocada?: “gire a la izquierda para incorporarse a la autopista”, “dé la vuelta para incorporarse a la autopista”. El mensaje puede ser tan cargante que a veces tenemos la sensación que el gps también tiene emociones y nos dice “¡te he dicho que gires de una vez!, ¿quieres ir a la autopista de una maldita vez?“.
Y eso no es todo, porque la insistente voz acaba por alterarte, y entonces… ¡Tú le contestas! Y cada vez en un volumen más alto, y el coche se convierte en un lugar ruidoso donde 2 ¿personas? se gritan sin escucharse.

Y tú dirás, ¿por qué no apagas el GPS o le bajas el volumen? Porque no se puede, no hay botón de on/off (para nuestra desesperación) y la configuración no es sencilla y no tienes acceso directo a ella.

Siendo así, puedes optar por discutirte con un GPS, o dejarle hablar sabiendo que te quiere llevar al mismo lugar que tú, pero por otro camino, con otras prioridades, con otras condiciones. Y en todo caso, si puedes llevarlo al taller (psicólogo) para ver si te pueden explicar la configuración, porque cuando la entendemos es un poco más fácil de tolerar. Puede que incluso, en el taller te puedan ayudar a modificar los parámetros para que se parezcan más a los tuyos, o al menos a bajar el volumen.

Deseo que esta metáfora te ayude entender mejor el funcionamiento de tu mente, como una herramienta de toma de decisión dentro tuyo, con unos parámetros antiguos (supervivencia en entorno salvaje) que no puede parar de funcionar porque está diseñada así, por y para tu bienestar, aunque en nuestro mundo del s. XXI en algunas ocasiones pueda generarnos más malestar que soluciones al ser sus indicaciones son muy diferentes de las nuestras.

Si tienes dudas sobre cómo funciona tú mente, y qué configuración tiene, siempre puedes contactar con este taller, y quizás pueda ayudarte.

Post patrocinado por:
Taller Multimarca Aceptación de Lo Que Soy
Revisión y configuración de sistemas de navegación para vehículos humanos.

El TRE® en psicoterapia

El TRE® es una sencilla técnica para la liberación del estrés y el trauma, que mediante unos ejercicios estimula el temblor, inicialmente del músculo psoas, y activa un mecanismo que poseemos los mamíferos para quemar el excedente de tensión en el organismo.

En Terapia de Aceptación de Lo Que Soy, el TRE® es un complemento perfecto para esas personas que ven como todos sus esfuerzos para buscar soluciones al malestar se acaban frustrando o convirtiéndose en otro problema añadido.

Cuando nos encontramos en un nivel de tensión, malestar y protección muy elevados, casi todos nuestros esfuerzos pueden caer del lado de la lucha y crear más malestar paradójico. En este punto, la aceptación se vuelve una quimera pues la persona trata de eliminar el malestar por la aceptación, y eso no es posible.

Para disminuir la intensidad de esfuerzo, y aumentar la eficacia y utilidad, en personas con niveles de tensión muy elevados, procuro incluir sesiones de TRE® que armonicen el Sistema Nervioso Autónomo para que las estrategias de aceptación tengan una mejor acogida, y mayor facilidad de aplicación.

Las emociones positivas también pueden ser negativas.

Lo reconozco, este título es puro marketing vacío. El título más adecuado podría ser algo así: “Las emociones agradables también pueden complicarnos la vida”.

Tenemos la costumbre de clasificar las emociones en positivas y negativas, como si unas fueran buenas y otras malas, cuando en realidad todas hacen su trabajo, tratar de: 

  • mantenernos con vida (las supuestas negativas) alejándonos del peligro, y 
  • hacernos la vida mejor (las positivas) acercándonos a la comida y otras necesidades y placeres.

Más recientemente, se ha potenciado cambiar esta clasificación nombrándolas desagradables (anteriormente conocidas como negativas) y agradables (las antiguas positivas). Es una fórmula más descriptiva y menos culpabilizadora, pero aún así, al ser “sólo” un cambio de nombre, las funciones de una nomenclatura antigua se transfieren a la nueva.

Como puedes observar, me siento más cómodo con la clasificación agradables y desagradables pues es más descriptiva de cómo nos sentimos, y no emite juicios ni fomenta la evitación emocional.

En mi práctica profesional y personal no utilizo ninguna de las clasificaciones anteriores. En su lugar, clasifico las emociones en Reguladas o Desreguladas.

  • Reguladas: son aquellas que podemos sentir con seguridad y confianza. Podemos darnos cuenta de cómo nos estamos sintiendo y tenemos la suficiente distancia como para poder decidir cómo actuar con independencia de la emoción.
  • Desreguladas: son las emociones que no estamos pudiendo sostener, que nos inundan y nos “obligan” a actuar de formas que no haríamos si no sintiéramos con tal intensidad. Nos generan inseguridad y desconfianza hacia nuestras emociones y hacia nosotros mismos.

Creo que esta clasificación, reguladas y desreguladas, es más interesante a la hora de establecer qué emociones tengo que trabajar. Normalmente queremos enfocarnos en las desagradables, incluso aunque no estén desreguladas, y lo entiendo pues sería maravilloso no sentirse mal.

Pero, volviendo al título de este post, es interesante darse cuenta de las ocasiones en las que las emociones desreguladas son las “positivas”. El funcionamiento de nuestro sistema nervioso condiciona que siempre voy a querer más de lo que me haga sentir bien, y ese es el principio de toda adicción.

  • Las adicciones son la necesidad de repetir un comportamiento que en el pasado me ha hecho sentir bien, y aunque pueda tener peligrosas consecuencias a largo plazo, el placer o bienestar inmediato es tan intenso que me siento obligado a repetir la conducta adictiva.
  • La euforia puede ser tan abrumadora que arrastre a la persona a una escalada de aceleración conductual que puede tener consecuencias en el bienestar de la persona. Un ejemplo sería la fase maníaca del trastorno bipolar.
  • La esperanza puede hacer que la persona tolera ciertas actitudes poco respetuosas o incluso agresivas, de personas de su entorno esperando que cambien.
  • La paciencia o compresión excesiva, probablemente relacionada con la evitación de sentir rabia, nos puede, de nuevo, tolerar comportamientos que son inaceptables hacia nosotros mismos.
  • Para mantenerme en exceso en la calma y la tranquilidad puedo ir dejando de lado ciertas actividades y relaciones que aún siendo nutritivas y valiosas para mi vida, también me generen cierto grado de inquietud o nerviosismo. 

El porqué de este texto es permitirnos ver que la emoción negativa o desagradable no es enemigo per se, y dejar de pelearnos con ellas sólo porque no nos gusten. Para descriminalizar a la emoción desagradable he querido mostrar el otro extremo, de cómo sentirse demasiado bien puede ser tan o más problema, eso sí, más agradable.

No se trata de qué signo tengan las emociones que siento, si no de hasta que punto estoy presente cuando me acompañan, para seguir tomando YO las decisiones de mi vida cotiadana.

Defusión cognitiva

Hace unas décadas, la terapia cognitiva tuvo gran éxito al situar al pensamiento como causa del sufrimiento psicológico. Años después, los psicólogos, asumimos que no es tan literal y que los factores conductuales son tanto o más importantes que el pensamiento.

Pero, en nuestra cultura ha calado muy profundo situar al pensamiento en el centro, como el responsable del sufrimiento o el éxito. A esta inercia de la terapia cognitiva, se han sumado otras muchas influencias del crecimiento personal y la espiritualidad que han otorgado un estatus de deidad al pensamiento, al considerarlo agente creador de la realidad, de tu realidad. Rezan: “lo que crees, creas”.

Estas influencias redundan en nuestra tendencia biológica al control emocional. Así, asumimos que es importante no tener pensamientos negativos y acumular otros mucho más positivos (en este vídeo puedes revisar porqué tenemos tendencia al pensamiento negativo y porqué en realidad es un mecanismo protector).

A todo esto le sumamos un lenguaje que identifica constantemente a la persona con su pensamiento, por ejemplo “¿por qué piensas eso?”.
El resultado es una cultura psicológica con tendencia a la “fusión” cognitiva, es decir, identificar a la persona con su pensamiento, y así dotar a este último de gran importancia y poder.

La consecuencia es una fuerte tensión introspectiva. La persona se autoobserva procurando identificar y limitar los pensamientos negativos, sintiéndose responsable, el pensador. Al no lograrlo, y observar como su vida no se transforma, se siente culpable y tiene aún más pensamientos desagradables sobre si mismo, que iniciarán una escalada cada vez más intensa de esfuerzo y sufrimiento.

En este contexto, la terapia de aceptación es un contrapunto, pues aborda la cognición desde una perspectiva diferente. No se trata de tratar de tener un pensamiento u otro, si no de qué importancia o credibilidad (no creencia) le otorgo.
Desde esta posición se entiende el pensamiento automático como una respuesta de nuestro sistema nervioso a una situación en concreto. Es decir, la mente tiende a crear pensamientos similares en contextos parecidos, y esta forma de proceder depende de la configuración de nuestros mecanismos de defensa y de nuestra biografía.
Nada de dioses, las cogniciones automáticas son sólo patrones de conducta mental.

Así, en primer lugar, la terapia de aceptación apunta que “yo no soy el pensador”, si no el observador de los pensamientos creados por mi SNA. Esto no quiere decir que yo no pueda pensar deliberadamente, si no que gran cantidad de mis pensamientos son automáticos, es decir, reactivos al entorno, por tanto, involuntarios.

Si yo no soy el pensador, no soy el responsable de que esos pensamientos existan o dejen de hacerlo. Observarlos en mi mente tampoco me obliga a creérmelos ni dotarlos de credibilidad. En ese sentido, la terapia cognitiva es muy útil, pues su método nos puede permitir contrastar si YO estoy de acuerdo o no con el pensamiento.

La terapia de aceptación va más allá de al enfocarse en limitar la importancia de pensar de uno forma u otra. Este modelo presupone que el pensamiento no es más que eso, un “simple sonido en mi mente” que observo yo. Y al hacerlo terrenal, yo lo puedo ver, y puedo darme cuenta de la forma en la que me propone vivir esa cognición, y puedo decidir si hacerle caso o no.

Mientras los modelos que se centran el control cognitivo son estrategias que favorecen la fusión (identificación con los pensamientos) y dotan de gran poder a la mente, la terapia de aceptación potencia justo lo contrario, la defusión, es decir, el distanciamiento respecto de los pensamientos que pasan por mi mente, y de esta manera acotar la importancia que le damos a los productos de mi SNA.

Los modelos de fusión cognitiva nos plantean que para poder vivir de forma diferente necesito tener pensamientos diferentes, y es verdad que si lo fueran, todo sería mucho más fácil. El problema es que cambiar deliberadamente los pensamientos que crea mi mente puede ser una utopía con consecuencias desagradables para el bienestar de la persona.

Por el contrario, los modelos de aceptación postulan que mi conducta puede ser independiente del pensamiento. Para eso se dota de múltiples estrategias para quitarle importancia y mostrar que su poder reside en el respeto que le tenemos. Parte de la terapia está destinada a desmitificar la cognición e implicarse en tomar decisiones a pesar del pensamiento. Obviamente es teóricamente más difícil que simplemente cambiar el pensamiento, pero a la práctica es más honesto con el funcionamiento natural del sistema nervioso.

La defusión es un estrategia central para quitar la importancia a la cognición. La podríamos definir como el darse cuenta que yo existo con independencia del pensamiento. Mientras estos vienen y van, y pueden ser cambiantes según la situación, YO siempre soy el mismo.
Así, la terapia de aceptación nos invita a vivir desde Yo, tomando decisiones no sólo basadas en los pensamientos que pasan por mi mente, si no especialmente en quién soy yo, y cómo quiero recordar haber vivido, y con esto me refiero a qué acciones y actitudes deseo recordar que marcaron mi vida con relativa independencia de qué sucediera mi mente mientra vivía.

Te invito a relativizar la importancia que le das a tus pensamientos.

El TOC del TOC

Antes de describir esta condición (inventada), permíteme una introducción o recordatorio de aspectos que son esenciales para mí para poder entender los trastornos psicológicos.

Es fundamental recordar que el Sistema Nervioso es esencialmente un mecanismo de supervivencia. Así, identifica los indicios de amenaza y genera una respuesta protectora en forma de ansiedad (lucha o huida) o congelamiento.

Las diferencias individuales a la hora de identificar indicios de amenaza se relacionan con la sensibilidad heredada del sistema nervioso autónomo SNA (tasa de amenaza necesaria para despertar la protección) y especialmente de las amenazas previas. Es decir, las personas que han sufrido situaciones de conflicto especialmente durante la infancia, pueden vivir con un SNA mucho más alerta, más sensible.
En resumen, podríamos afirmar que la tarea primordial para el SNA es que el peligro que ya hemos vivido no se vuelva a repetir.

Además, permíteme compartir mi “definición” de TOC o Trastorno Obsesivo Compulsivo. Lo describiría como el esfuerzo continuado e intenso por tratar de evitar o bloquear que algún peligro o amenaza concreta suceda.

Así, por ejemplo, el clásico TOC de limpieza de manos, se las lava continuamente como una estrategia para evitar la suciedad y un inminente contagio (entiéndase que este ejemplo era más interesante antes de la pandemia).

Ahora sí, con estas premisas, revisemos el TOC del TOC (o de cualquier otro sufrimiento o trastorno psicológico).

Podemos definir el TOC del TOC como el esfuerzo continuo e intenso por tratar de evitar y alejar un nuevo episodio de sufrimiento psicológico. Sería algo así como “no puedo volver a pasar por el TOC”. Nuestro SNA notando el malestar que nos generó nuestro crisis previa de TOC, o crisis de ansiedad, o depresión… tratará de identificar los indicios que puedan señalar que nos podemos estar acercando a otro episodio, y se pondrá a la defensiva. Esa estrategia defensiva incluye más atención a los indicios y más tensión para la lucha, y el resultado es mayor malestar, y que además tendrá aún más similitudes con el TOC o cualquier trastorno que hayamos experimentado previamente.

Para “alejarnos” del TOC, el SNA condicionará de forma más o menos sutil nuestra vida fuera de la piel, proponiéndonos ciertos rituales o limitando las actividades que podemos hacer.

Pero diría que la peor parte se la lleva lo que sucede dentro de la piel. Me explico, el SNA se vuelve auto-hipervigilante de cualquier pensamiento, sensación o emoción que crea que está relacionada con un nuevo TOC. Así nos propondrá una estrategia de contención emocional, es decir, evita lo que te haga pensar o sentir esto que podría llevarnos al sufrimiento. O busca una estrategia para desterrar inmediatamente ese contenido psicológico.

En la actualidad el TOC del TOC interno está muy generalizado. Lo podemos ver en el TOC, en los trastornos de pánico, en la hipocondría… 

Y por el momento cultural en el que estamos, ese control emocional puede no aparentarlo. Las prácticas como la meditación o el mindfulness están cayendo del lado opuesto de su propuesta, pues en lugar de permitir el fluir, se están utilizando como un método de control sutil, de prevención del trastorno psicológico.
“Voy a meditar un rato para que estos pensamientos peligrosos desaparezcan” sería una afirmación que describe este uso paradójico de estas estrategias.

Y no sólo la meditación, el mundo del crecimiento personal, la espiritualidad y buena parte de la psicoterapia están inundados de esta intención controladora.

Y tú puedes preguntarte ¿y cuál es el problema? Pues, la tensión y dependencia de este tipo de estrategias. A veces, cuando converso con una persona que está en el TOC del TOC le propongo ¿qué pasaría si no meditaras todos los días? Y la respuesta es miedo, desconfianza. Involuntariamente se le ha atribuido un poder excesivo. “Gracias a estas prácticas y este trabajo personal no vuelvo al TOC” pero soy TOC de estas prácticas.

El TOC del TOC, obsesionado con no obsesionarse.

Autoestima y depresión

Muchas personas, (mal)entendiendo que la baja autoestima es sinónimo de no quererse, la relacionan con la depresión. Es decir, si no me quiero, tengo baja autoestima, es más probable que tenga depresión.

Hay algo de cierto en esa afirmación, pero no de la forma que habitualmente se entiende. No es que la baja autoestima sea un poso que va creciendo hasta llegar a un estado más intenso, la depresión.

Recordemos que como planteé en el post “la baja autoestima no es quererse poco”, el cuestionamiento personal es un mecanismo protector que procura avisarnos de las situaciones donde se puede ver comprometida nuestra imagen social y, por tanto, el aprecio que los demás nos tengan. Para protegernos, y mantener la protección de la manada, procuramos no asumir riesgos para no fracasar y ser cuestionados, y en última instancia rechazados.

Por tanto, creerse la baja autoestima (asumir que los pensamientos que nos cuestionan o infravaloran nos describen) y, en consecuencia, protegerse en exceso nos llevaría a un estilo de vida más rutinario, más pobre, con pérdida de oportunidades y vitalidad por el riesgo a fracasar.

Es este patrón conductual de exceso de seguridad, de cautela y de pasividad, lo que realmente repercute en cómo sentimos nuestra vida. El empobrecimiento crónico al rechazar y alejarnos de las situaciones y decisiones que nos hacen sentir mal, puede hacer que la persona se desconecte del sentido de su vida y en consecuencia que el estado de ánimo baje.

Si frente a las oportunidades que me ofrezca la vida en diferentes ámbitos, una oportunidad profesional, el interés sentimental, nuevos grupos de amistad… adopto el patrón de protección y “para no hacer el ridículo”, “para que no descubran realmente como soy”, “para no fracasar”… renuncio a explorar esas posibilidades, el resultado es una vida plana, rutinaria y que sentimos que no desprende todo el brillo que podría tener. Dentro nuestro se almacena la pérdida, y a medio plazo es vivido como un fracaso menos intenso pero más crónico que haber sido rechazado.

Lo que trato de poner sobre la mesa son las causas últimas del bajo estado de ánimo, pues la terapia que elijamos dependerá de las causas que consideremos responsables del mismo. 

  • Si yo considero que la depresión nace de no quererme, voy a tratar de hacer crecer el amor dentro de mí con diferentes estrategias intrapsicológicas. Es decir, el resultado serían técnicas de introspección y autoconocimiento que pueden darme mucha información sobre mí mismo, pero que pueden cronificar aún más la desconexión con la vida externa.
  • Pero si, por otro lado, creo que la depresión está relacionada con el empobrecimiento de mi vida por un exceso de cautela y renuncia a las oportunidades, procuraré aprender a arriesgar y estableceré un patrón de activación conductual, que son estrategias dirigidas a cambiar cómo vivo y no cómo me siento. Es decir, es un mecanismo conductual, dirigido hacia afuera que ha demostrado ser lo más eficaz en el abordaje del bajo estado de ánimo.

Afortunadamente, no tenemos la necesidad de elegir uno u otro enfoque terapéutico, porque pueden ser complementarios. Pero con demasiada frecuencia me encuentro que queremos solucionar los problemas sólo desde dentro, obviando cómo estoy viviendo hacia fuera.

La cultura del crecimiento personal, ese idea llevada al extremo de que la realidad refleja como tú eres, tomada literalmente, puede llevarnos a un excesivo examen personal interior que puede ser más problema que solución.

Retomando el título de uno de los libros de Steven Hayes “Sal de tu mente, y entra en tu vida”.

La baja autoestima no es quererse poco (parte 2)

Casi todos llevamos incorporado ese chip crítico hacia nosotros mismos que, como vimos en la parte 1, pretende protegernos mejorando nuestras vulnerabilidades señalándolas de forma desagradable e incluso cruel y convirtiéndonos en “mejores personas” y siendo más merecedores del Amor del otro.

Pero también es verdad que hay personas que les afecta más que a otras. Normalmente, detrás, hay una historia que lo justifica.

Por ejemplo, imagínenos un niño/a tenía unos progenitores que le trataban de manera agresiva/violenta dependiendo de su conducta, “cuando se portaba mal”. Posiblemente llegó a la conclusión que para estar bien y que le quisieran tenía que portarse bien y hacer las cosas bien.

Su mente, perfeccionaría el chip de “autoacusación” no sólo para mejorar, si no, especialmente para evitar la agresividad. Así se volvería experta en identificar situaciones de riesgo que pudieran hacer que el adulto se enfadara, y su mente le lanzaría mensajes del tipo “no hagas eso” o “no harás bien”, con una intensidad y un volumen altísimo que hace más complicado no creérselo.

Ese mecanismo protector irá evolucionando con los años, procurando que la persona evite todas las situaciones que pueden generar rechazo o agresividad por parte del otro. Es habitual que estás personas sean expertas en evitar situaciones de conflicto y en “adivinar” lo que el otro quiere o necesita.

Para lograrlo, siempre que una situación incluya algún riesgo, la mente tratará de alejar a la persona de esa situación con mensajes como “no eres capaz”, “te vas a equivocar”, “no les vas a gustar”.

De nuevo puede parecer que la persona no se tiene estima, pero analicemos con detalle estos mensajes.

  • “no eres capaz”. Posiblemente lo que la mente trata de advertir es que no tenemos la seguridad de ser  capaces, y que si finalmente no lo somos vamos a tener problemas, así que parece una buena idea no intentarlo, para evitar males mayores.
  • “te vas a equivocar”. Es muy parecido al anterior, y sólo trata de magnificar la posibilidad de error para que notemos el riesgo que supone. Al hacerlo, nuestra predisposición a intentarlo disminuye, es decir, la mente “logra” protegernos, mantenernos en la posición más segura, aunque también más aburrida.
  • “no les vas a gustar”. Es el equivalente social a “no eres capaz”. En este caso la mente asegura el fracaso para evitar sufrir al intentar vincularse con el otro.

Protegernos de aquella amenaza antigua que era la agresividad del adulto puede condicionar nuestro presente. El objetivo en este caso es aprender a “calmadamente” asumir ese riesgo para alcanzar una sensación de más vitalidad.

Aprender a calmar a esa parte asustada, que trata de protegerse del otro, mostrándole que el presente no es tan peligroso como el pasado, y así, lograr que nos resulte más fácil arriesgarnos.

La baja autoestima no es quererse poco (parte 1)

Se define habitualmente la baja estima como poco amor hacia uno mismo. Pero ¿es realmente así?

La baja autoestima la podemos describir como un conjunto de sensaciones y pensamientos críticos y acusatorios hacia uno mismo. Normalmente señalan aguda y cruelmente alguna de nuestras vulnerabilidades, bien sean presentes, pasadas o futuras. Algunos ejemplos de pensamientos serían “no soy/seré capaz”, “no valgo para nada”, “tendría que hacerlo/ser mejor”.

Obviamente si miramos la forma o las palabras que contienen estos pensamientos es normal que acabemos asumiendo que no nos queremos o que tenemos una mala valoración de nosotros mismos.

Pero observemos estos pensamientos desde otra perspectiva. ¿Qué intentan estos pensamientos? ¿Cuál es su función?

Para responderlo, permíteme que te ponga una analogía. 

Los padres tendemos a ser críticos, incisivos e incluso crueles en nuestras valoraciones y/o correcciones hacia nuestros hijos. En eso se mezcla el probable cansancio de los progenitores con el Amor por nuestros hijos. 

  • Perdona, ¿has dicho Amor?
  • Te perdono. Sí, he dicho amor. Ese amor tenso, protector.

Me explico. Los padres en general deseamos lo mejor para nuestros hijos, y cuando identificamos alguna conducta o características que creemos que les perjudica, procuramos estimular el cambio. Sólo hay un pequeño problema, y es que ignoramos lo que sabemos sobre modificación de conducta. 

En lugar, de potenciar conductas alternativas deseables, castigamos repetidamente la conducta que no deseamos. Y bien es sabido, que en general esa estrategia no es muy útil.

Con el estrés vital que vivimos, sumado a la de veces que le habremos intentado hacer notar la necesidad de cambio, es posible que en un tono más agresivo del que desearíamos, le hagamos crueles “resúmenes” como por ejemplo: “eres un vago”, “siempre lo haces mal”, etc.

Sin duda, visto por un extraterrestre se podría asumir que ese adulto no quiere a ese niño o niña por cómo lo está tratando, pero lo cierto, es que los humanos, “entendemos” que lo hacemos por su bien, estamos tratando de influir “constructivamente” en él o ella.

Otra analogía. Nuestro sistema pedagógico tradicional para evaluarnos se basa en destacar lo que nos falta para que la tarea esté bien o perfecta, resaltando en rojo el error. Y es frecuente que el mensaje hacia el infante sea los puntos que le ha faltado para alcanzar la máxima puntuación en lugar de reforzar lo logrado.

¿por qué actuamos de esta forma? 

La mente es un instrumento simple e inocente, y llega a conclusiones de la misma naturaleza. En este caso sería “si consigo no tener fallos seré perfecto”, “si no me siento mal, me sentiré bien”.

Y con esa intención, la mente señala insistentemente lo que considera “fallos” para que te impliques y motives en mejorarlo. Probablemente diga “eres una vago” con la esperanza que esa motivación desagradable sirva de estímulo para ponerte a trabajar más y mejor.

Por tanto, ese pensamiento si lo vemos desde su función, no refleja falta de amor hacia uno mismo, si no una insistente intención de mejorar para que puedas lograr los objetivos que te has planteado.

Tu mente no trata de sabotearte, sólo persigue estimularte, pero lo hace de la forma más primitiva, desde la coacción. Paradójicamente, ese estímulo desagradable puede llegar a bloquearnos aún más, con lo que se cierra el círculo para que tu mente aún te acuse más para que te mejores.

En resumen, lo que te estoy proponiendo es que revises eso a lo que denominas baja autoestima como el intento desagradable de una parte de ti mismo por lograr que seas mejor. Nos queremos tanto, y deseamos ser tan queridos que nos tratamos de forma agresiva para lograr la vida que creemos que debemos tener.

La denominada baja autoestima refleja un elevado grado de amor hacia uno mismo expresado de forma agresiva, y quizás nos pueda servir de punto de partida para encontrar nuevas formas de Amar más amorosas.

¿Eternamente insatisfechos?

Hijos de la época de la oportunidades individuales, de la evolución tecnológica, hemos heredado la tendencia a procurar que nuestra vida sea mejor. Vivimos en la cultura del “te mereces lo mejor”, “ puedes lograr lo que desees” y eso influye en cómo nuestra mente nos intenta hacer felices.

Desde un punto de vista de la supervivencia, y del funcionamiento del sistema nervioso, para que algo sea mejor debe ser menos malo, menos imperfecto.

Es así, que con la intención de que nuestra vida sea mejor, nuestra mente intenta que sea menos mala. Para lograrlo, lo primero que hace es identificar toda imperfección, todo lo incompleto, todo lo mejorable. Y por nuestra mente empiezan a aparecer pensamientos críticos con algunos aspectos de las áreas de nuestra vida, además de sensaciones de insatisfacción y rechazo.

Durante un tiempo, podemos dejarnos llevar por esa inercia y tratar de perfeccionar, de mejorar todo lo que nuestra mente ha señalado, habitualmente son periodos de tensión o nerviosismo, pues estamos involucrados en la “lucha” de mejorar para ser felices. 

Con suerte, el resultado de ese esfuerzo funcione durante un tiempo. Nos sentimos mejor con los cambios. Pero aún no será perfecto, y al poco tiempo, la mente que aún desea que vivas la mejor vida posible, volverá a señalar los nuevos defectos, los contras de tu nueva situación.

Y de nuevo, seguramente los intentarás mejorar, y es posible que incluso tengas fortuna y funcione. 

De nuevo, durante un tiempo estarás más tranquilo. Pero probablemente con el tiempo la mente empiece a señalar una vez más las lagunas de tu nueva vida. Cuando la adrenalina, la novedad de la nueva situación haya decaído, la mente evaluará críticamente la situación y sin duda encontrará aspectos mejorables.

Este ciclo puede ser infinito, y las personas se describen como eternos insatisfechos o afirman autosabotarse, incapaces de disfrutar y de ser felices en ninguna circunstancia.

Sólo encuentro una salida. 

En primer lugar, identificar esa parte de nosotros que con la mejor intención del mundo, tratando que seamos los más felices, señala insistentemente aquello que no es tal como deseamos. Curiosamente, es posible que nos encontremos con una parte de nosotros muy amorosa y cariñosa, pues nos ama, y de ese amor sale su interés para que tengamos la vida más satisfatoria.

En segundo lugar, frustrarla, conectar con ella y reiteradamente mostrarle que su intención no es posible. Ya no perseguimos la mayor felicidad, ya no nos vamos a involucrar en mejorar artificialmente nuestra vida, si no que vamos a tratar de aprender a disfrutar de las circunstancias actuales. Aprender a disfrutar de lo cotidiano.

“Gracias por tratar insistentemente que sea lo más feliz posible, pero ese mecanismo de estar señalando e intentar corregir todo lo imperfecto e incompleto no me está funcionando. Entiendo que en la selva, deshacerte de lo malo es bueno, pero en mi mundo del s.XXI la realidad es compleja y siempre hay aspectos que serán mejorables. Tratar de eliminarlos es una lucha imposible, así que aprendo a disfrutar lo que sí me aporta mi vida actual.”