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Los pensamientos no son negativos

No son negativos, sólo desagradables.

Muchas personas viven en lucha con ellas mismas porque se ven a sí mismas como pesimistas, negativas, y quieren cambiar esa forma de ser. Siempre que alguien me plantea esta situación le explico la siguiente historia.

Socialmente, se entiende que existen algunas experiencias que suceden dentro nuestro que son negativas y otras positivas. Es muy frecuente escuchar hablar de pensamientos negativos, como si de alguna manera esos pensamientos fueran dañinos o perjudiciales para la persona que los experimenta.

Seguramente algunos de los lectores no entenderán en este momento este mensaje, asumiendo que les hacen sufrir de manera considerable y que les condicionan la vida. Y por supuesto, que no vengo a ponerlo en duda. Pero también es posible que esas consecuencias sean debidas a percibirlos como negativos, como si fueran más importantes de lo que son, es decir, pensamientos. Y que, tales consecuencias no sean causadas directamente por los pensamientos, sino, de qué hace la persona al experimentarlos.

Para empezar a aclarar lo que intento transmitir, la primera pregunta es: ¿Y si lo que valoramos como negativo simplemente es desagradable? Cuando algo es peligroso lo intentamos poner a una distancia prudencial, mientras que si es desagradable, lo que hagamos dependerá de las consecuencias que se deriven.

¿Qué significa que los pensamientos sólo son pensamientos?

Plantéate lo peor que se te puede pasar por la cabeza, lo que querrías que sucediera. ¿Haber tenido ese pensamiento lo hace realidad? Particularmente creo que no, porque los pensamientos no pueden influir en el mundo, salvo a través del comportamiento del humano que los experimenta.

Si el humano se los toma demasiado “en serio” intentará alejarse de esas experiencias y eso tendrá una repercusión en su vida; en cambio si simplemente identificara el pensamiento y lo dejara pasar (asumo que aprender esta habilidad es complejo) quizá todo iría mejor.

Como también nos han dicho que los pensamientos y emociones provocan el comportamiento, uno se comportará de forma coherente con lo que sienta o piense, ¡aunque podría hacerlo de otra manera! Y es de esta manera como nuestros pensamientos y emociones nos condicionan, pero recuerda, no pueden actuar en el mundo, salvo que nosotros se lo permitamos.

¿Porqué no son negativos?

Los pensamientos y las emociones es la manera que tiene nuestro organismo de intentar influir en nuestras vidas. Pero sus premisas son, en ocasiones, diferentes a las nuestras. Mientras que el organismo sólo está pendiente de aumentar el bienestar, y en especial, de eliminar el malestar, nosotros tenemos unas expectativas que pueden ser contradictorias con los intereses del organismo.

Y es entonces cuando nuestro organismo muestra su opinión generando una llamada de atención, el malestar. Pero lo importante es qué me está transmitiendo mi organismo que haga con mi vida. ¿Cómo me propone este pensamiento o emoción que me comporte? Nuestra tarea como humanos es discriminar si seguimos el consejo de nuestro organismo, o si puntualmente decidimos ir en otra dirección para alcanzar nuestros objetivos.

Para entender esta relación del ser humano con su mente, me gusta poner el ejemplo de una madre sobreprotectora. Cuando ve que su hijo hace algo nuevo, o asume algún tipo de reto, es posible que le llame la atención sobre la dificultad que pueda tener. Como si le estuviera diciendo: “para que te vas a liar, que lo vas a pasar mal”. Pero todos sabemos que la mejor manera de querer a alguien no es eliminarle todo el malestar, sobre todo, porque es un objetivo imposible.

Aprender a relacionarte con la mente, es verla como un buen amigo o amiga, que nos quiere mucho y siempre nos aconseja lo que considera mejor para nosotros. Mostrándonos sus opiniones de manera contundente, felicitándonos cuando lo considera y regañándonos en otras ocasiones. ¿Nos enfadamos con esos amigos? ¿Los consideramos amigos negativos? En general, aunque a veces nos causen dolor, entendemos que incluso cuando no estamos de acuerdo con ellos, todo lo que hacen es por nuestro bien. Pero también vale la pena recordar que ellos tienen todo el derecho a opinar, pero cada uno tenemos derecho a elegir nuestros propios riesgos, retos, incluso a pesar de los demás.

Si no nos enfadamos con nuestros amigos cuando nos hacen sufrir, y nos dicen lo que no queremos escuchar, ¿por qué hacerlo con nuestra mente? Si la mente, como los amigos, nos hace ver cosas que no habíamos tenido en cuenta podemos cambiar de idea. Pero si nos plantean cosas que ya hemos considerado, o que no de suficiente peso para nosotros ¿por qué cambiar de idea? Le damos las gracias por su opinión, le hacemos saber que contamos con ella, y dejamos que ese pensamiento o emoción se vaya, tal y como ha venido, y que deje espacio para otra nueva. Y detrás de cada experiencia allí estarás tú, para decidir qué hacer.

 

 

 

La máquina de los pensamientos

La máquina de los pensamientos

La máquina de los pensamientos es una manera que pretende ser “divertida” de nombrar a la mente. La denomino máquina para deshumanizarla. ¿y por qué? Porque en ocasiones nos culpabilizamos o enfadamos por pensar de determinada manera, pero en realidad es la máquina de los pensamientos la que nos ofrece esos pensamientos.

¿Cuál es la función de esa máquina?

La mente forma parte del complejo organismo del ser humano, y todo ese conjunto tiene una función muy clara, la supervivencia. Desde la aparición de la vida en el mundo toda la evolución ha estado al servicio de la mejor adaptación del individuo a su entorno. Por tanto, durante milenios de evolución los organismos se han vuelto más eficaces para conseguir este objetivo.

La mayoría de las personas aceptan que el cuerpo humano es como es porque es la manera más óptima de supervivencia (dedo oponible, bípedos, etc.). ¿Y si la mente es como es porque es la forma más útil de la supervivencia? ¿Y si la mente humana no es más que una máquina que tiene como objetivo fabricar supervivencia?

Planteo esto porque durante mucho tiempo se ha defendido que mente y cuerpo son entidades diferentes. Pero quizá sólo lo son en apariencia y no en función, porque los dos trabajan a la par para conseguir que el ser humano sobreviva.

Sabemos que son un todo porque funcionan de forma conjunta. Es muy complicado que una persona experimente preocupación intensa sin que su cuerpo se active. De la misma manera que si nuestro organismo por los motivos que sea se activa, es prácticamente imposible que nuestra mente se esté dedicando a recordar de manera fluida las mejores vacaciones de nuestra vida.

Frente a una situación que es percibida por todo el conjunto del organismo como un potencial peligro, nuestro cuerpo reacciona activando lo que denominamos ansiedad para favorecer la respuesta de lucha o huída. De la misma manera en ese tipo de circunstancias la mente lo que hace es aportarnos los pensamientos que incluyen soluciones.

¿Dónde está el problema?

En que a veces los pensamientos que nos ofrece la mente con ánimo de protegernos son desagradables, igual que en ocasiones las sensaciones de la ansiedad también lo son. Pero eso no quiere decir que sean negativos, porque la mente siempre trabaja a favor de nuestra supervivencia.

Aprender a reconocer los grandes esfuerzos que hace nuestra mente para mantenernos sanos, puede hacer que no nos moleste tanto cuando para intentarlo nos ofrezca pensamientos que son desagradables. Aprender a ser agradecido a la mente por sus intenciones puede hacer que la convivencia inevitable con ella sea mucho más amena, por más que en ocasiones sus intereses sean diferentes de los nuestros.

¿Puede tener la mente intereses distintos a los nuestros?

Aunque pueda parecer extraño lo cierto es que podemos experimentar en nuestro interior incoherencia (de hecho es lo que experimentamos todos en un momento determinado y de manera más intensa las personas que sufren un trastorno psicológico). Esta incoherencia es fruto de intereses puntuales distintos, por un lado tenemos a un ser humano que pretende conseguir sus objetivos vitales, y por otro la máquina de los pensamientos, intentando que el mismo ser humano se ahorre cualquier tipo de malestar. Supongo que el conflicto es evidente; es difícil que un ser humano no se tenga que enfrentar a algún tipo malestar (más o menos intenso) para conseguir sus objetivos. Y cuando ese mismo ser humano se proponga intentar luchar por sus objetivos ¿qué hará el organismo? Pues sí, protestar, y lo hará desde dos frentes complementarios. Desde el cuerpo mediante la reacción emocional, y desde la mente presentándonos una serie de alternativas o pensamientos que nos intentan “convencer” de que desistamos de nuestro intento.

Otras ocasiones cuando ha sucedido algo indeseado nuestra mente intenta que no tengamos que hacernos cargo y se dedica a intentar resolverlo. A veces esto es muy útil y podemos cambiar las cosas para que lo que sucediera en el pasado no tenga mayores consecuencias, pero otras cuando nada se puede hacer, puede pasar que la mente se dedique a intentar ¡cambiar el pasado! Y obviamente no se puede conseguir. No parece buena idea enfadarse con la máquina de los pensamientos por ofrecerte una gran cantidad de pensamientos sobre qué se podría haber hecho o como sería las cosas si no hubieran sucedido, porque a fin de cuentas lo único que pretende es que el ser humano haga algo para cambiar las cosas.

Cuando la mente nos quiere sobreayudar y nos genera situaciones imposibles (cambiar el pasado, evitarnos malestares inevitables, etc) el reto es educar a la mente para hacerle “entender” que no vamos a destinar más tiempo a esfuerzos que si bien serían muy interesantes si fueran productivos, pero que nos impiden vivir con calidad de vida, o afrontar nuestros retos personas.

Y esto es lo que persigue la terapia reaprender a relacionarse con los pensamientos, de tal manera que seamos conscientes de las “buenas intenciones” de nuestro organismo pero sin tener que ser siempre coherente con lo que sentimos o pensamos.

Las crisis de ansiedad

Las crisis de ansiedad, más allá de los síntomas.

Vamos a conocer en mayor profundidad que son y que no son las crisis de ansiedad.
Muchas personas por haberlas sufrido conocen cuáles son sus síntomas:

  • Palpitaciones
  • Elevación de la frecuencia cardiaca
  • Sudor temblores
  • Sacudidas
  • Sensación de ahogo o falta de aliento
  • Sensación de atragantamiento
  • Opresión o malestar en el pecho
  • Náuseas o molestias abdominales
  • Mareo, vértigo o sensación de desmayo
  • Inestabilidad
  • Hormigueo
  • Sensación de entumecimiento
  • Escalofríos o sofocaciones
  • Percibir las cosas o percibirse a sí mismo de forma extraña
  • Miedo a morir, volverse loco o perder el control
  • Necesidad de evitar o huir de ciertos sitios o personas

 

Pues bien, si suena como un pato, anda como un pato, y parece un pato ¿qué es? Efectivamente, un pato.
Si varios de estos síntomas te suenan, tu pato es la ansiedad.
Para poder entender las crisis de ansiedad, primero es importante conocer la ansiedad.

¿Cuándo experimentamos la ansiedad?

Para que aparezcan los síntomas que hemos visto, el cerebro debe haber disparado una señal de alarma. Y para que se inicie esa respuesta es necesario que se haya percibido un peligro, externo o interno, del mundo fuera de la piel, o de dentro del mundo de la piel. En resumen, para que haya ansiedad tiene que haber percepción de peligro.

¿Para qué sirve la ansiedad?

La respuesta rápida es para la supervivencia. Es posible que esta respuesta te sorprenda porque la has vivido más como un riesgo que como una ayuda, así que veamos el siguiente ejemplo.

Imagina o recuerda la siguiente situación de peligro. Estás cruzando una calle, andas un poco despistado, y a mitad del recorrido escuchas un claxon, y un frenazo que se acercan a ti. ¿Qué haces? La mayoría de personas respondería: “¡apartarse!”.

Pero ¿Qué ha provocado que te apartes? Ya sé que la primara respuesta es el coche que se acerca, pero analicemos un poco más.

¿Qué ha provocado dentro de ti la necesidad de apartarte? Muchas personas pensarían que haberse dado cuenta de que viene, haberlo pensado. Pero lo cierto es que entre que lo piensas o te das cuenta, sufres el riesgo de que te atropellen. Es un mecanismo más bien lento, que podría provocar la muerte. Puedes hacer muchos experimentos, ¿cuánto tardas en cerrar los ojos si cuando te lanzo una bola de papel tienes que pensar: “cuidado con bola, cierra los ojos”?

Como ves este funcionamiento no sería demasiado adaptativo, y no se corresponde con cómo vivimos. Entonces ¿cómo nos lo explicamos?

¿Qué hace que seamos capaces de escapar tan rápido?

Podríamos decir que el instinto de supervivencia, y ¿sabes cómo llamamos los psicólogos a ese instinto? Efectivamente, ansiedad. Un mecanismo que nos permite protegernos frente a los peligros potenciales.

La ansiedad, es un mecanismo que durante toda la evolución ha servido para los organismos sobrevivan, por eso también es conocida como la respuesta de lucha o huída.

¿Por qué? Porque son los dos mecanismos básicos de la supervivencia. Si hay un depredador delante lo mejor que puedes hacer es salir corriendo o enfrentarte al depredador, todo dependerá de hasta qué punto valoremos que podemos vencer al rival.

Sé que hay otra alternativa que sería quedarse congelado, no es la más habitual y es el recurso para cuando no identificamos de donde viene el peligro. Para evitar correr en dirección al depredador lo que hacemos es no movernos, hacer como si no estuviéramos para que el depredador no nos vea.

¿Cómo funciona la ansiedad?

Para ayudarnos a escapar lo que hace el organismo es prepararse.

  1. En primer lugar, se segrega adrenalina y noradrenalina, para crear la sensación de nerviosismo e inquietud, ¿para qué?

Pues imagina que está un hombre primitivo tumbado bajo un árbol haciendo la digestión después haber comido. De repente aparece un depredador, y hay que ponerse a correr ¡qué pereza! Para evitar cualquier tipo de duda lo que hace el organismo es crear la necesidad de movimiento.

  1. En segundo lugar, el corazón empieza a bombear más sangre y más rápido para que aportar más energía. ¿cuál es la energía del cuerpo?

El oxígeno.

  1. Por eso, en tercer lugar, la respiración se acelera para que haya más energía en el cuerpo para huir o luchar con más potencia.
  2. Finalmente, la sangre y la energía se acumula especialmente en las extremidades para poder correr más rápido. ¿En ese momento es más importante poder correr que resolver ecuaciones de segundo grado!

¿Cómo se crean las crisis de ansiedad?

Cuando se pone en marcha todo esa respuesta por parte del organismo, lo que haría cualquier animal sería poner a correr o luchar, pero ¿qué hacemos los humanos? Pensar.

Pero si no hacemos ejercicio, luchamos o corremos, ¿qué pasa con toda esa energía? Que se acumula y nos acabamos emborrachando de oxígeno. Lo que se conoce como hiperventilación.

Y es entonces cuando notamos las sensaciones que recordábamos al inicio.

 

Las causas de los síntomas de las crisis de ansiedad.

Mareo o sensación de inestabilidad, como consecuencia de la hiperventilación y de la opresión de las cervicales como respuesta al susto.

Si te fijas una de las cosas que hacemos cuando nos asustan es tensar los hombros y así oprimimos las cervicales que acaban provocando esta sensación.

Esta sensación de inestabilidad provoca que muchas personas teman que se van a desmayar. Hay que destacar que la posibilidad de desmayarse no es un síntoma habitual de la ansiedad. ¿por qué? Porque para que uno se desmaye tiene que haber una caída brusca de la presión arterial, y cuando experimentamos ansiedad nuestra presión arterial sube. Podríamos decir que es un momento menos propicio para desmayarse, aunque lo parece.

Hay un tipo de ansiedad donde sí que es normal desmayarse, como respuesta a la sangre o todo lo que esté relacionado, heridas, hospitales, inyecciones, etc.

Dificultad para respirar, es una sensación muy desagradable porque puede parece que te asfixias. Pero lo cierto es que es todo lo contrario. Como consecuencia de estar acumulando excesivo oxígeno y no consumirlo con el ejercicio físico, el cuerpo necesita dejar de acumular más aire, y para eso lo que hace es quitarte el control de la respiración durante un rato. Así consigue equilibrar el nivel de oxígeno, dejando de respirar o haciéndolo muy lento, no incorporamos más aire mientras se va quemando el que tenemos acumulado. ¡bien por el cuerpo!

Es un organismo sano, es imposible asfixiarse al aire libre, porque lo último que haríamos antes de asfixiarnos sería respirar. El cuerpo dispone de un termostato que mide si tenemos demasiado aire, y nos obliga dejar de respirar, y que también mide si hay poco aire, obligándonos a hacerlo.

Taquicardia y palpitaciones, como ya he comentado es la sensación de que nuestro organismo se haya puesto a trabajar para dar más energía a todo el cuerpo.

Es una sensación similar a la que tenemos después de hacer deporte intenso, pero el problema es que no le encontramos explicación y se nos puede confundir con un ataque al corazón.

Hormigueo, pérdida de sensibilidad o palidez, como consecuencia de que gran parte de la sangre del cuerpo se dirija a las piernas, el cuerpo pierde color. Además existe la teoría de que la sangre tiende a acumularse hacia el centro del cada parte del cuerpo, hacia las zonas menos superficiales, para evitar perder mucha sangre en caso de herida.

Opresión, dolor o pinchazos en el pecho, como consecuencia de un volumen mayor de aire en los pulmones, éstos se expanden y chocan contra las costillas provocando la sensación de opresión. Si esta tensión se mantiene la musculatura pectoral está más fatigada y sentimos dolor o pinchazos, que de nuevo podríamos confundir con problemas cardíacos.

Calor, sofoco, sudor, escalofríos, como vengo comentando la ansiedad está preparada para que el cuerpo se ponga a hacer deporte. Pero si alguna vez has ido a ver algún espectáculo deportivo habrás visto que antes de competir, los deportistas calientan. ¿para qué? Para evitar lesiones, lo que hacen es calentar la musculatura.

¿Si se nos acerca un león le podemos pedir tiempo para calentar? Yo tampoco lo creo, por eso el organismo dedica una gran cantidad de energía a calentar el cuerpo para evitar lesiones durante la huída o la lucha. Para que el calor no suponga un problema, se inicia la sudoración y el contraste con el ambiente puede provocar los escalofríos.

Percepción extraña, lucecitas o visión borrosa, recuerda que frente una amenaza nuestro objetivo es huir o luchar. Para tener éxito es muy importante saber muy bien por donde miras. Como linternas no hay muchas en la jungla, lo que hace nuestro ojo es dilatar rápidamente la pupila para que entre más luz y veamos donde ponemos el pie. Es la linterna natural.

Temblor o pinchazos. Podríamos decir que la ansiedad es el deporte en estático. El cuerpo se prepara para la acción pero no nos movemos. Aún así hay un gran consumo de energía que se traduce en fatiga. Los músculos han estado tensos y como consecuencia están agotados, ¿y que le pasa a tu cuerpo después de una paliza haciendo deporte? Pues que tiembla, igual que cuando nos hemos pegado una paliza de ansiedad.

Dificultad para pensar, como ya comenté antes, una parte de la sangre de la cabeza se retira hacia las extremidades, brazos y piernas. ¡Es más importante correr que pensar! No es la mejor situación para resolver los enigmas de la vida delante de un león…

Nauseas o molestias abdominales. Con este síntoma nos encontramos con un problema de incompatibilidad. La sangre necesaria para huir es mucha. Igual que la sangre para digerir. Si acabaras de comer y de repente aparece un león ¿qué harías? Seguirías digiriendo o te pondrías a correr? El cuerpo decide lo mismo, detiene la digestión desde el inicio, la boca, por eso se nos seca, y si tenemos gran cantidad de comida la expulsa par que no se una molestia. Si no hay vómitos hay molestias porque la digestión se ha ralentizando o incluso detenido.

Cualquier sensación interna temida. Todas las neuronas de nuestro cuerpo están enviando continuamente información a nuestro cerebro sobre su estado. Como es información repetitiva y muy aburrida no le hacemos caso. Pero cuando no sabemos que nos pasa, y miramos demasiado nuestro cuerpo encontramos cosas que siempre han estado ahí, pero a las que nunca habíamos atendido. Por ejemplo, si quieres puedes notar tu corazón en el dedo índice, sólo es cuestión de que te concentres y notarás los latidos en el dedo.

La ansiedad como problema.

Una vez que ya sabemos por qué nuestro cuerpo responde de esta manera nos podemos plantear, qué hace que nuestro cuerpo se comporte así. Para revolver esta incógnita te planteo 3 preguntas:

  1. ¿cuál es el único sistema de supervivencia que dispone el organismo? ¿lo sabes? Exacto la ansiedad.
  2. ¿qué se generará en el organismo cada vez que se presente un peligro? ¿lo sabes? Exacto la ansiedad.
  3. ¿Cómo se defenderá el organismo cuando la ansiedad sea percibida como un peligro?¿lo sabes? Exacto la ansiedad.

En los humanos, cuando la ansiedad es percibida como un peligro lo que hacemos es intentar liberarnos de ella ¿cómo? Luchando huyendo.

Autoestima ajustada

La autoestima ajustada

La autoestima es un concepto que goza de mucha importancia en nuestra sociedad. Muchas personas la consideran imprescindible para sus vidas, sobre todo para obtener éxito. Seguramente todo esto tiene que ver con ciertas reglas verbales que se transmiten de unos a otros. Estoy hablando de los típicos “para tener éxito, tienes que tener confianza”, o “sin confianza qué esperabas conseguir”.

Con estas frases que todos hemos escuchado alguna vez se transmite la idea de: confianza = éxito. Y nuestra mente llega sola a la conclusión de que desconfianza = fracaso. ¡Así sacan conclusiones nuestras cabezas!

Pero todas estas frases sólo son una regla verbal, me explico, no son una ley natural. ¿Por qué? Porque si realmente fuera verdad lo que transmiten esas frases, sería imposible tener éxito sin confianza, y ¿quién no ha logrado resultados sin seguridad?

Las leyes naturales son explicaciones causales que se cumplen sí o sí. Por ejemplo, si dejo en el aire un vaso, ¿qué pasará? Efectivamente, se caerá en el 100% de los casos. ¿Por qué? Porque las leyes naturales funcionan siempre, sí o sí.

Con todo esto, quiero decir que la relación entre la confianza, la seguridad y la autoestima con el éxito o el fracaso no es una ley natural, porque hay excepciones. Entonces es una regla verbal, una relación que para la mayoría de personas tiene sentido y lógica, y por eso lo aceptamos como cierto, pero recordemos que aunque a veces se cumpla, ¡no es una ley!

Y ahora que sabemos que la confianza no es imprescindible —aunque lo hace más cómodo— para lograr resultados, nos podemos plantear cómo se construye la autoestima, y cuál es la más saludable.

¿Cómo se construye la autoestima?

En primer lugar, vamos a definir que es ‘autoestima’. La respuesta más común es pensar que la autoestima ilustra lo mucho que se quiere una persona, la alta estima que se tiene. Asumiendo estimar como querer. Pero lo cierto, es que estimar también puede significar medir. Por eso podemos decir que:

Autoestima: es la medida que hacemos de uno mismo. El juicio sobre la información que tenemos de nosotros mismos.

Pero ¿qué información es la que medimos, la que juzgamos? Eso es lo que conocemos como autoconcepto, que es la información que tenemos sobre nosotros mismos. Ésta proviene de diferentes fuentes, destacando:

 Lo que nos digan los demás (eres bueno/malo cocinando),

 Cómo hayamos vivido hasta ese momento (intenté cocinar y me salió bien/mal).

Para poder tener una imagen más amplia de nosotros, es importante tener información de nuestras capacidades en diferentes aspectos. Por eso, es necesario que nos pongamos a prueba. De ahí se puede entender que la época del ciclo vital más relacionado con la autoestima sea la adolescencia, que es la edad en la que la persona se pone a prueba descubriendo su capacidad de ejecución.

Entonces, para conocernos es necesario que nos pongamos a prueba, intentar afrontar situaciones nuevas. Cuando lo hagamos nuestro autoconcepto actual influirá en la manera de vivir esa situación/experiencia. Pero imaginemos por un momento una persona que tiene que afrontar una situación absolutamente nueva, que nunca ha hecho nada parecido, y no tiene ideas sobre sí mismo. ¿Qué pensará? ¿Qué sentirá? Lo más probable es que piense “¿podré?”, y por tanto, sienta incertidumbre. ¡Así que parece lógico tener dudas! ¿Dónde queda entonces la necesidad de seguridad y confianza?

En nuestra sociedad, las emociones desagradables se intentan apartar, y nos decimos cosas como “no tengas miedo”, “seguro que puedes”, “pero ¿de qué te preocupas?”, “¿cómo te puede preocupar esto?”. Con estos y otros mensajes lo que transmitimos es que la persona se dé poco espacio para sentir emociones tan naturales como la incertidumbre o la duda.

Si a eso se suma que la persona ha recibido algunos mensajes que la llevan a pensar que puede no ser capaz, y que el fracaso es algo terrible… ¿Qué hará cuando le propongan hacer algo nuevo? Al vivir de manera muy desagradable, y de forma intensa la posibilidad de fracaso, es probable que la persona, para dejar de sentirse mal, decida no seguir adelante con el reto, con la situación nueva. Dicho de otra manera, la persona evitará el reto para dejar de sentir incertidumbre o duda.

Y, ¿qué probabilidad tiene una persona de afrontar con éxito una situación que evita? Exacto, 0%.

El problema es que cuando hacemos esto también aprendemos. Sacamos conclusiones sobre nosotros incluso cuando no hemos hecho nada. Me explico, si a la persona que ha dejado de hacer algo porque se sentía mal, le preguntamos “¿por qué no lo hiciste?”; probablemente responderá: “Porque no sé” o “porque no puedo”. Y estas frases irán directas a nuestro autoconcepto condicionando la siguiente vez que tengamos que afrontar algo, y como consecuencia en el futuro ya no sentiremos incertidumbre o duda, sino más bien, miedo y fracaso. Y así sucesivamente, si se sigue evitando.

Si, afortunadamente, la persona ha conseguido hacerse cargo de las dudas y la incertidumbre, y afronta la situación, para hacérselo más fácil puede utilizar “trampas” o trucos. Con esto me refiero a algo que en cierta medida hacemos todos. Si tenemos que ir a un lugar nuevo, le pedimos a alguien que nos acompañe. Si tenemos que enviar algo importante, le pedimos a alguien que nos lo revise. El problema es que si siempre afrontamos de la misma manera, corremos el riesgo de finalmente atribuir a las “trampas” los resultados. Es decir, aprenderíamos que soy capaz, pero gracias a las “trampas” que he utilizado. Por tanto, en el futuro no me veré capaz de hacerlo sin ellas.

Para poder crear un autoconcepto, una idea de mí mismo, amplia y constructiva, es necesario que, siempre que sea posible, afronte, por mis propios medios, los retos que se me presentan. Para poder atribuirme también los resultados.

Muchas personas se pueden estar planteando la siguiente pregunta: “¿Y si fracaso?”. A lo que respondo: Felicidades por fracasar y felicidades por triunfar. Después de haberlo probado te conoces mejor, sabrás qué puedes hacer y qué no. Podrás descubrir qué capacidades es necesario que entrenes, si es que son importantes para ti.

Debemos también tener presente que si evitamos afrontar esas nuevas situaciones, tendremos 0% de posibilidades de éxito, si nos atrevemos, en cambio, como mínimo la probabilidad será mayor a 0.

Recordemos que las personas no nos hacemos cargo con relativa facilidad de nuestros fracasos (aunque a corto plazo pueda ser desagradable), pero llevamos mucho peor (a largo plazo) no haber intentado vivir o experimentar aspectos esenciales de nuestra vida. Con esto quiero decir que no estoy de acuerdo con perseguir la alta autoestima, entendida como la colección de éxitos de una persona. Considero que lo importante es una autoestima ajustada; que el conocimiento que tengas de ti mismo nazca de tu propia experiencia, de tus éxitos y de tus fracasos. Ni de lo que digan los demás ni de lo que nunca intentaste; en este caso la autoestima sería desajustada.

Analizando lo que habitualmente se entiende como baja autoestima, descubrimos que son ideas que la persona tiene, pero más fundamentadas en lo que no intentó que en fracasos que haya experimentado.

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Un día malo

Después de varios días buenos, de esos en los que te sientes con alegría, con energía y notas como todo a tu alrededor fluye armoniosamente, te encuentras con otro de esos días grises (por llamarlo de alguna manera).

Y entonces, tu sorpresa inicial se convierte en desesperación, pues creías que después de tanto esfuerzo ya lo habías conseguido, ya estabas estable.

La desesperación deja paso a la rabia, y la rabia se orienta a buscar dentro tuyo lo que sigue yendo mal, que o bien es más pequeño, o peor aún, ha aprendido a esconderse mejor (eso es lo que te dices a ti mismo).

Y en ese día gris empieza a soplar un viento cada vez más intenso, un tornado que te arrasa intentando encontrar la causa de ese mal día. Cuando quieres darte cuenta, el gris es negro, y tu estás convertido en escombros.

Pero ¿y si un poco antes te detienes?. Ya lo sé que hay mucha presión para que uno encuentre lo que funciona mal, ya sé que te dicen que si algo no funciona como quieres es tu responsabilidad, ya sé que se supone que tu gobiernas tu vida, y eres el creador de tu vida, y que debes mantener el timón firme, ya sé que no te gusta pasarlo mal.

Pero aún así, ¿y si te detienes en el inicio de la secuencia? Párate en la sorpresa ¿qué es lo que te sorprende? ¿Un día gris?

Detente y observa que tiene que pasar para que te sientas sorprendido. Para sentirte así, tu mente ha establecido una comparación entre lo que está sucediendo (un día gris) y lo que cree que debería pasar, más días soleados. Y le sorprende porque después de tanto buscar creías que lo habías logrado, que ya estabas “bien”. Observa con detalle la increíble presión que te pones encima para estabilizarte, para no tener altibajos.

Y observa la naturaleza. Entiendo que en medio de un caluroso mes de agosto te sorprenda una fuerte tormenta, pero sucede. Y te pregunto ¿dónde está el problema en que suceda? ¿Acaso el planeta debe analizarse para entender porque aún sufre tormentas?

Fíjate que la naturaleza es constantemente cambiante, y frente a esa realidad, nosotros intentando estar estables, buscando la manera que no te afecte.

Y por último, si permites que el día sea gris, ¿finalmente no estarías alcanzando tu objetivo? ¿No estarías consiguiendo que el día gris no te afecte?

Todo está bien, por supuesto, los días grises también. Como en la naturaleza cada estado tiene su función, y la vida no podía existir sin ese balance.

Ego y yo

¿Es el capullo una flor adulterada?
¿Es el gusano de seda una versión peor de la mariposa?
¿Acaso está el capullo o el gusano impidiendo el surgir de la mariposa o la flor, o forman parte de su evolución?
Te puede gustar más la mariposa que el gusano o la flor que el capullo, pero ¿no es cierto que el gusano es ya la mariposa y el capullo la flor?
De la misma forma el ego no es un problema ni una creación artificial dentro tuyo, es un estado natural de ser uno mismo, quizás te guste menos por ser doloroso, pero tiene otras ventajas.
El ego no es un “capullo” para el ser.
El ego es el ser, como el capullo es flor.
Estados naturales de lo mismo, si dejamos de lado tus gustos, juicios y opiniones.
Una vez más el lenguaje dual nos hace ver enemigos y problemas donde no existen.

Incertidumbre y confianza

Viniendo de donde venimos, de la familia primate, no es difícil adivinar que una de las emociones que nos genera más rechazo es la “incertidumbre”.

Y es que en un contexto salvaje, o las cosas son peligrosas o no lo son, pero eso de no saber si lo son, o en que proporción, o si me tendré que proteger o no… todas esas eran cuestiones que estamos aprendiendo sobre la marcha, y que son consecuencia de los cambios en el estilo salvaje, el zoo que hemos construido a nuestro alrededor para protegernos.

Así, frente a la duda, en el mundo salvaje se opta directamente por incluirla en peligro, y la incertidumbre dura un segundo, o ni eso. Así que no tenemos bagaje de adaptación y convivencia con la incertidumbre, lo que explica nuestra dificultad para experimentarla.

Y como no nos gusta preferiríamos no vivirla, y de hecho procuramos no vivirla (aunque nos acompaña siempre). Así intentamos acogernos a certezas, a pilares de seguridad, y no hay nada más seguro que lo que ya ha pasado. Y es así, como acabamos apostando nuestra vida por los patrones antiguos que funcionaron una vez, aunque esté claro que ya no sirven, ¡nos dan seguridad!. “Eso ya sé de qué va”, “ya lo he vivido”, “ya sé que consecuencias puede tener y cuales no”.

Así que como terapeuta, uno sabe que la incertidumbre forma parte natural de la terapia, y es que, una parte de nuestro trabajo consiste en que la personas deje de confiar en lo que una vez sirvió pero ya no. Y cuando se dejan atrás esas falsas certerzas, la persona se siente insegura, pero especialmente, siente incertidumbre porque ya no sabe qué puede esperar, la vida se vuelve un territorio nuevo, donde las
consecuencias no se pueden preveer.
Como ya no hace lo que siempre ha hecho, ya no espera lo que siempre ha recibido, pero es que además no sabe qué va a recibir.

A esa incertidumbre la llamo el “malestar del cambio” que es tan desagradable como maravilloso.
Es desagradable porque como primates preferiríamos no saberlo, pero es maravilloso porque demuestra que la persona ha dejado atrás falsas certezas y se mueve un territorio nuevo del que no sabe qué esperar, así que se reinicia ese proceso de ensayo y error que es la vida.

En este punto, muchas personas empujan para que adivinemos lo que sucederá, que calmemos su incertidumbre, que les ayudemos a saber quienes son en este nuevo contexto.
Frente a este contexto, yo prefiero apelar por favorecer la tolerancia a la incertidumbre, de una forma que no resulte excesiva para la persona, y añadiendo dosis de confianza.
Hacer notarle a quien experimenta la incertidumbre que la solución es volver a lo que fue, pero que eso no funcionó, e involucrarse en la confianza que uno será capaz de hacerse cargo de las consecuencias, unas gustarán y otras no, pero todas se podrán afrontar a su debido momento.

En resumen, y desde mi perspectiva más mística, creo que la incertidumbre es la emoción más espiritual, pues al experimentarla y permitirla nos estamos alejando de las falsas certezas con las que vive el primate, y nos abrimos un mundo nuevo, que aderezándolo con confianza, nos podemos dar la oportunidad de conocerlo poco a poco. Aunque eso ponga a prueba nuestra paciencia.

Post inspirado en “cisne negro” de Nassim Nicholas TalebIMG_6535

la metáfora del árbol

logo ARBOL MANZANO

Imagina por un momento que quieres cultivar un bonito árbol.

Para conseguirlo, yo colaboraré aportándote una semilla. A partir de ahí, todo depende de ti.

Si tienes una semilla y quieres que se convierta en un árbol, ¿qué tendrás que hacer? La respuesta para la mayoría de urbanitas sería “conseguir un recipiente, tierra y abono”. Y, ¿esto donde se encuentra? En un Garden Center, por ejemplo. Pero como suelen estar a las afueras de las zonas residenciales, seguramente nos dé pereza acercarnos hasta allí. Y entonces diremos, “ya iré”, posponiendo nuestro proyecto.

Al decidir que irás en otro momento, estás consiguiendo que en ese instante el esfuerzo inevitable de tener que moverte para comprar se elimine. Pero entonces hay un problema. Cuando te metas por la noche en la cama, ¿qué tendrás en la mano? ¡LA SEMILLA! Pero no ha empezado a convertirse en árbol.

Y sí, es verdad, podrías comprar el árbol del que estamos hablando, pero también sabes que nunca sería lo mismo que si lo hubieras cultivado tú.

Al día siguiente, si quieres que al acostarte no esté la semilla en tu mano ¿qué tendrás que hacer? ¡Ir a comprar! Y para conseguirlo, tienes que ser paciente contigo mismo y con la sensación de falta de ganas de ir en ese momento, porque es cierto que desplazarse hasta el Garden Center supone un esfuerzo, pero justamente eso es compatible con tener ganas de tener un árbol.

Supongamos que, finalmente, decides ir a comprar. El siguiente paso, de vuelta a casa, será plantar la semilla, ¿verdad? Pero podemos sentir que por hoy ya nos hemos esforzado suficiente —y no digo que no sea así. Aunque, si nos dejamos llevar por esa sensación, ¿qué será lo siguiente que nos apetezca hacer? Descansar. Y al llegar la noche y meternos en la cama, ya puedes imaginar lo que pasará. ¿Qué descubrimos en nuestra mano?… ¡UNA SEMILLA!

Al día siguiente, con voluntad te decides a plantarlo, pero al abrir el saco de tierra descubres con desagrado que… ¡mancha! Y tú no te quieres manchar. Para no experimentar esa suciedad, ¿qué harías? Efectivamente, cualquier otra cosa. Pero, al llegar la noche, ¿qué encuentras en tu mano? ¡CLARO, UNA SEMILLA!

Si decides vivir calmadamente la experiencia de ensuciarte, te pondrás manos a la obra y prepararás todo lo necesario, y… ¡ya podrás desprenderte de la semilla!

El siguiente paso es regar, pero claro, ¿qué haces regando un trozo de tierra? La imagen de uno mismo regando un trozo de tierra es un poco extraña, y si no quieres sentir que eso es muy raro, ¿qué harías? No regar. ¿Y qué probabilidades tienes de tener un árbol? ¡Cero!

Te decides que por raro que sea regar tierra, eso tiene sentido porque saldrá un árbol, o no. Porque, ¿quién te garantiza que vaya a brotar? ¿Quién te asegura que tu esfuerzo tendrá resultados? Como no estás dispuesto a esforzarte en vano, ¿qué haces entonces? Lo adivinaste una vez más: No regar. Y ¿qué probabilidades tienes de tener árbol? Cero.

Una vez más te superas a ti mismo, y sigues adelante, pero aparece otra duda: ¿Y si sale un árbol que no me gusta? Esforzarte por algo que no valga la pena no está en tus planes. Así que… ¡dejamos de regar! Resultado: cero posibilidades de que brote.

Y por cierto, ¿recuerdas por qué empezó todo esto? PORQUE QUERÍAS UN ÁRBOL. Aunque sé que a estas alturas ya no tienes muy claro si lo quieres o no. ¿Te suena esa sensación de confusión?.

Si a pesar de todos esos obstáculos sigues adelante, es posible que tengas alguna oportunidad de tener un árbol. Es verdad que nadie puede garantizártelo, pero —a menos que lo compres— cultivarlo es la única forma de conseguirlo. Si logras que brote, ¡FELICIDADES!; y si no ¡FELICIDADES! Porque nunca te podrás reprochar que no tuviste el árbol por falta de compromiso, te podrás decir: “he hecho todo lo que pude”.

Supongo que ves a dónde quiero llegar con esta historia, ya sé que he exagerado un poco, y que plantar un árbol quizá no sea para tanto, pero ¡ya sabes como somos los psicólogos!

Imagina que ese árbol del que hablamos es tu vida, te das cuenta de todos los pasos que tenemos que dar para hacerla “brotar”, para hacer que siga adelante. E inevitablemente, muchos de esos movimientos suponen algún tipo de estados emocionales desagradables (no tengo ganas, “¿de qué servirá?”, esfuerzo, etc). Si para no experimentar ese malestar, nos deshacemos de él de manera inmediata, es posible que también nos estemos apartando de la oportunidad de conseguir desarrollar una vida de la que sentirse orgulloso, en la que no te puedas recriminar que no jugaste con toda la energía que requería.

La metáfora de la semilla_rev2 (pdf)

Dudar de lo que veo

La Terapia basada en Aceptación, fomenta que uno no se tome en serio todo lo que sucede dentro suyo, en concreto pensamientos y emociones.

Es decir, no hace falta que asumas como válido y propia cualquier cosa que pienses o sientas. No todo lo que piensas o sientes te representa, y no hace falta ni que lo intentes eliminar, ni que lo transformes en acción.

De hecho, tú no eliges tus pensamientos y emociones, así que por qué sentirse culpable, responsable o considerar que esos pensamientos son tuyos.

Es curioso como no tratamos todo lo que sucede dentro nuestro de la misma forma. Me explico, uno sabe que digiere, pero no cree ser su digestión, ni sus jugos gástricos. Uno no se define por como funciona su sistema digestivo, asumiendo “soy una persona muy ácida porque digiero varias veces al día”.

Pero sí lo hacemos con lo que pensamos y decimos, aunque está de sobras demostrado que uno no crea la inmensa mayoría de pensamientos que experimenta durante el día. En realidad, pensamientos y emociones son reacciones instantáneas que suceden como resultado de una situación concreta en un organismo en concreto, que tiene una biografía determinada.

Uno dice que “TENGO problemas de digestión” pero “PERO alguien negativo”, cuando en realidad “ser alguien negativo”, es que TIENES muchos pensamientos, erróneamente, denominados negativos, sencillamente porque te encuentras en tensión.

Otro motivo para dudar de los pensamientos y emociones que suceden dentro nuestro es que son el resultado del procesamiento de la información que recibimos desde fuera.

Pero, ¿podemos confiar en nuestra percepción del mundo?

ilusion

Fíjate en la siguiente imagen, en la parte de la izquierda, si te pregunto, ¿cuál es el señor de mayor tamaño? Probablemente tu percepción, aunque sabes que no así, es que el del fondo (otra ilusión porque es 2D, es decir, no hay fondo). Si te fijas en la imagen de la derecha, verás claramente que todos son iguales.

Este pequeño experimento, y millones más que puedes encontrar en internet nos dan una muestra de los pobre y sesgada que es nuestra percepción del mundo. Pero es la que tenemos y la que necesitamos.

Pero, sabiendo que el mundo probablemente no es como lo ves, al menos permítete la duda de que tu visión del mundo no es “verdad”, ni completa, y permítete cambiar de opinión, y especialmente, no tomarte en serio los pensamientos y emociones que suceden dentro suyo, porque muchos son el resultado de percepciones reales, pero ilusorias.

Post inspirado en la lectura “pensar rápido, pensar despacio” de Daniel Kahneman, y no creo que sea el último que inspire.

Dejo algunos recursos para profundizar en las ilusiones:
http://www.scientificpsychic.com/graphics/ilusiones-opticas.html

http://verne.elpais.com/verne/2016/03/04/articulo/1457088168_275195.html