Primates en la ciudad

Primates en la ciudad es un relato en el que intento unir nuestra evolución como especie con el estilo de vida en el s. XXI y la necesidad de aceptar ese “monito” que vive en nuestro interior que está diseñado para vivir en un entorno muy diferente al actual.

Deseo que disfrutes de la lectura.

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Recuerdos Futuros

De un tiempo a esta parte, sentir todo lo que sucede en el “aquí y el ahora” se ha convertido en una estrategia terapéutica habitual.

Es una fórmula que ha tenido gran calado y eficacia en nuestra cultura psicológica, tanto es así, que la encontramos en modelos psicoterapéuticos muy dispares. En la ACT (Terapia de Aceptación y Compromiso) es uno de los 6 elementos clave de la terapia, la aceptación.

Y obviamente es una técnica interesante, especialmente en una cultura dada a identificarse con su mente.

Pero a la vez, como todo, necesita equilibrio para evitar los riesgos que esta estrategia puede conllevar. Si lo apuesto todo al sentir, si asumo que mi bienestar está detrás de permitirme sentirlo todo, voy a “abusar” con lo que puedo obsesionarme con lo que me sucede aquí y ahora como vía para que deje de sucederme lo que no deseo. La lógica sería, mi dolor es resultado de mi evitación, si dejo de evitar estaré bien.

Si asumo que el cambio vendrá “por si solo” cuando sea capaz de sentirlo todo, lo único que estoy creando es un patrón de introspección y, en consecuencia, de desconexión externa. Si abuso del sentir, lo que posiblemente consiga es que las experiencias internas, especialmente las desagradables, cobren mayor relevancia (y frustración porque siguen existiendo), es decir, sean estímulos discriminativos más potentes.

Todo esto nos puede abocar a un círculo vicioso ya que se van a agudizar mi sensibilidad interna, y también mi plan oculto de “necesito evitarlo”, y como consecuencia, más dosis de “sentir para sanar”.

Por supuesto que sentir es necesario, así evito funcionar en modo automático, y que mis pensamientos y emociones habituales sean los que tomen las decisiones. Si soy capaz de “darme cuenta” de ese pensamiento o esa emoción, entonces tengo capacidad de cuestionarlo o de decidir sobre él.

Y he aquí, el factor clave para mí en terapia, la decisión. Sentir me permite familiarizarme, agrietar ese patrón de evitación emocional automático, y es un ingrediente imprescindible para que YO al darme cuenta del funcionamiento de mis emociones y pensamientos, decida qué hacer en una situación determinada.

El camino más sencillo que se me ocurre para llegar a esa situación, es lo que denomino “recuerdos futuros”. Se trata de verme a mi mismo, como si de una película se tratase, con los ojos de quien seré de aquí un tiempo.

Y la pregunta que me brota es ¿Qué película quiero recordar? ¿Cómo quisiera recordarme en aquella situación, con independencia de cómo me estuviera sintiendo? 

No se trata de decidir cómo me sentía, o cómo desearía haberme sentido, ni siquiera de cómo me hubiera gustado que los otros me trataran, ni de qué circuntancias me tocó afrontar. Se trata de, dadas aquellas circunstancias, ¿cómo me sentiría orgulloso de quien fui?.

Así podemos enlazar con otro de los elementos terapéuticos de la ACT, los valores. Vivimos apegados a nuestras emociones, y sentir puede engancharnos más si no lo combinamos con otras fórmulas de distanciamiento y decisión vital.

¿Quién quiero recordar haber sido? Habitualmente cuando me voy al futuro, cómo me sintiera en un momento determinado es menos importante, y nos permite ver la situación de otra manera. El lugar más alejado en el tiempo al que puedas ir, probablemente sea ese segundo antes de morir, y mirar atrás, y pensar si estoy orgulloso de cómo he actuado dadas las circunstancias.

La “mente” es mi amiga

“Aceptación de lo que soy “ es practicar la amabilidad con uno mismo.
A la práctica es la actitud de abrirse a todos los personajes internos que nos habitan, y que en conjunto llamamos mente.
“Aceptación de lo que soy” parte de la premisa que nuestra mente siempre trata de ayudarnos desde su perspectiva limitada e inocente, siempre con el foco en la supervivencia.
Desde la posición de “Aceptación de lo que soy” no entiendo los múltiples enfoques que nos presentan a la mente, al ego, o al no-ser, como un enemigo, como una parte de ti peligrosa que va en tu contra.
Desde mi posición, tampoco entiendo esas perspectivas de la espiritualidad o el crecimiento personal que promueven el sentimiento de culpa por no ser “tú mismo” o no estar conectado con tu verdadero ser.
Estas posiciones fomentan cruelmente la disociación de las partes que nos habitan, creando lucha y miedo entre ellas. A la vez, generan la expectativa que seas diferente a quien eres en este momento.
Creo que estas posiciones aumentan el conflicto y la guerra civil interior, en lugar de fomentar La Paz con lo que soy, aquí y ahora.
Si mañana tengo que ser diferente, que sea desde la amabilidad y La Paz con todos los seres que me habitan, y a su forma, tratan de cuidarme y de protegerme y, sin duda, me aman.

La hormiga cósmica

Utilizo la expresión “hormiga cósmica” para equilibrar el egocentrismo de los humanos. Nos creemos el centro de la creación, que la vida gira entorno a nosotros, que lo que sucede es por y para mí. 

Esto tiene sus raíces en la biología y la evolución, pues mirar el mundo desde mí, investigar el grado de influencia que tengo en lo que sucede a mi alrededor me permite adaptarme y aumentar la probabilidad de supervivencia.

Pero quizás, con la cultura narcisista y ególatra que nos inunda, lo hemos llevado un paso más allá asumiendo que el universo está a mi servicio.

“Soy una hormiga cósmica” es un mantra que me recuerdo cuando el narcisista ególatra que vive en mí empieza a tratar de interpretar el mundo desde una posición “miguelcéntrica”.

El “miguelcentrismo” es esa parte de mí que asume que el “llámale universo” siempre va a estar de mi lado. Que se cree injustamente tratado cuando las cosas no salen de la forma que yo deseo o espero. Que entiende que la vida no es justa para los demás, pero para mí si que debe serlo, pues yo me porto bien y merezco la protección y cuidado universal como ser único y especial.

Para equilibrarlo, me miro desde los confines del sistema solar, de la galaxia y del universo, y queda claro que no soy más que una hormiga pequeñita y breve. Si me miro desde allí, veo que la diferencia entre “yo y tú” es nula, y también lo es con cualquier hormiga.

El plan oculto.

Parece que dándonos cuenta de que la vida, inevitablemente, tiene momentos de dolor, tratemos de impedirlos.

Parece que accedemos a la terapia, a la espiritualidad, al crecimiento personal o cualquier de sus variantes con un plan, más o menos oculto: separar lo bueno de lo malo, el dolor del bienestar, y lograr alejarlo de uno.

No se si alguna vez os he hablado de advaita. Me encanta esta filosofía, me fascina leer relatos personales de maestros “iluminados”, pues me acerca a una posición más terrenal de la iluminación, del dolor y la aceptación.

El maestro se presenta como alguien que simplemente ha “perdido” la capacidad de ser uno, de sentirse yo independiente, y por tanto, vivir con una mayor consciencia de que todo está unido.

Pero a la vez, aseguran que sus vida no han cambiado en absoluto por la “iluminación”. Siguen sucediendo episodios agradables y desagradables. Siguen existiendo los momentos de dolor inevitables. Lo que sí ha cambiado es la intensidad, el drama personal con el que se experimenta.

Estos relatos me han ayudado a dejar de “culparme” porque mi vida no sea como desearía que sea (siendo ya mejor de lo que podría haber esperado). Me han ayudado a calmar ese “tirano amoroso interior” que sigue creyendo que si yo soy mejor, mi vida será mejor. Que sigue creyendo que mi imperfección es la causa del dolor, que sigue confiando que el dolor es evitable.

Ese “tirano amoroso interior” sólo trata de que mi vida sea más maravillosa, y considera que el camino es presionarme para que yo sea mejor y que mi vida lo refleje. 

Sólo trata de señalar mi imperfección, mi vulnerabilidad, de captar la molestia o insatisfacción del otro para que la corrija y me sigas queriendo. 

Ha recibido mucha información en esa dirección que ha acabado creyéndose, tengo que ser mejor para que la vida me vaya mejor.

Desde hace ya mucho tiempo, trato de calmarlo, haciéndole notar que sólo soy un humano limitado. Que no puedo lograr todo lo que me propone o no todo inmediatamente.

Poco a poco, no vamos entendiendo. A veces, nos entendemos más, a veces menos. Yo puedo ver su lógica que un día fue la mía, y comprenderlo sin dejarme arrastrar, y parece que “él” va disminuyendo la presión. El resultado es la misma vida, con menos tensión interior. 

La aceptación no es un paso.

Como sucede con todas las palabras de las que abusamos, me parece que de una forma vertiginosa, el concepto de aceptación se está desvirtuando.

Tendemos a simplificar en exceso las cosas, seguramente desde una posición desesperadamente optimista. Deseamos que la aceptación (o cualquier otra estrategia que recibimos) sea rápida, efectiva y fácil.

Y con esto no quiero decir que la aceptación tenga que ser difícil o lenta, pero seguramente no será tan mágica como desearíamos. La aceptación no es un paso, es más bien un camino.

Antes de continuar, creo que resulta relevante ofrecer una descripción más allá de la palabra. Podemos entender la aceptación como “dejar de luchar, de huir o de proteger”.

Muchas personas me preguntan “¿cómo lo acepto?” como si la aceptación de un pensamiento, emoción o incluso circunstancia fuera un paso, un instante. La aceptación es más bien un camino, un recorrido.

Permíteme otra metáfora. La aceptación sería como un electrodoméstico, por ejemplo una cafetera. Es cierto que una máquina compacta con una función clara y sencilla, hacer café. Pero si la analizamos, la descomponemos, si abrimos la tapa que protege el mecanismo, encontraremos múltiples componentes (que además podemos encontrar en otros aparatos) que asociados de una determinada forma dan como resultado que la máquina nos ofrezca de forma sencilla un excelente café.

Si descomponemos la aceptación nos encontraremos que son necesarios múltiples elementos para dar como resultado eso tan aparentemente sencillo y fácil, la acaptación.

Steven Hayes, en su libro “una mente liberada” resume los elementos de la terapia de Aceptación y Compromiso, ACT, en 6:

  1. Defusión: mantener la mente a raya.
  2. El yo: el arte de tomar 
  3. Aceptación: aprender del dolor
  4. Presencia: vivir en el ahora
  5. Valores: decidir qué nos importa
  6. Acción: comprometerse con el cambio

Y cada uno de estos factores que nos impulsa a la aceptación está descompuesto en múltiples estrategias concretas para que la persona pueda acercarse a la aceptación como resultado de la práctica y no del deseo o de repetírselo insistintemente.

En resumen, la aceptación es la consecuencia de un recorrido, de la aplicación de diversas estrategias y perspectivas que el terapeuta trata de ofrecer de la forma más amable y sencilla posible. 

La aceptación no es el resultado de una decisión voluntaria y consciente, yo no puedo decidir “aceptar” esto o lo otro, pues como ya he comentado, la capacidad de influir deliberadamente en mi sistema nervioso autónomo es muy limitada.

Adictos al bienestar.

Los pequeños placeres de nuestro día a día eran, no hace demasiadas décadas, los grandes placeres de un año o una vida. Y nos felicito porque sea así.

Pero esto tiene un efecto curioso sobre nuestro sistema nervioso. 

Aunque lógicamente creemos que debemos estar satisfechos y contentos por la calidad de nuestra casa. Lo cierto es que tanta tasa de refuerzo positivo, de bienestar, de gratificación nos puede convertir en adictos al bienestar. En lugar de contentarse, de darse por satisfecho, a medida que aumenta la gratificación, aumenta la necesidad de mantenerla y de aumentarla.

El mejor ejemplo lo vemos con l@s niñ@s. Es común entre los padres la experiencia de ofrecerles un día especial, de hecho una vida especial, y en ocasiones, tras muy buenos ratos, los niñ@s parecen tener más facilidad para estar enfadados. De esta forma están pasando su “mono”, y nos están expresando, “necesito más de esto”.

Por ejemplo, los llevas a un parque de atracciones, y todo bien, mucha ilusión y emoción, que puede acabar volviéndose en contra. Pueden empezar a pedir golosinas, comer fuera, un juguete, más tiempo en las atracciones cuando cierra…. Y un día maravilloso se acaba convirtiendo en un momento de tensión para frustración de los padres.

De alguna manera, veo que a muchos adultos con buena calidad de vida, nos pasa un poco lo mismo. Queremos estar mejor, siempre con la atención puesta en lo que podría ser mejor, en lo que podría tener. Siempre con “mono” de más y mejor.
La paradoja de cuanto más tengo, más necesito.

Aunque no sea una receta perfecta, el “gracias” por las cosas que sí tengo, por las cosas que sí funcionan en mi vida, parece ser un buen contrapeso. Una forma consciente de equilibrar la tendencia de nuestro sistema nervioso a querer más bienestar y placer cuando ya ha tenido una buena dosis.

Espiritualidad y capitalismo

Convivimos con una mente condicionada por la sociedad capitalista que entiende nuestra vida como una empresa a la que tratamos de exprimir obteniendo el máximo beneficio con la mínima inversión. Podríamos denominar a este modelo vital “la trampa de la felicidad”, mínimo malestar, máximo bienestar.

Como consecuencia, siempre estamos especulando qué beneficio nos puede aportar todo lo que llega a nuestras manos. 

Así, cuando accedemos a la espiritualidad creemos que ahora, por fin, la vida irá bien, estaré bien. Además, esta fase está acompañada de una especie de soberbia y de clasismo. Diferenciamos entre los que conocemos la verdad, los sabios, y los “otros”, los ciegos.

En esta primera fase, podemos creer que ya tenemos la clave que nos permite entender porqué las cosas no son como queremos, porqué no nos sentimos bien. 

Además, está todo el marketing capitalista de la espiritualidad, que se encarga de señalar los motivos, culpabilizándote, por lo que tu vida no es como tu quieres, como te mereces. Y lo asumimos, y trabajamos con empeño en solucionarnos, y en la mayoría de los casos, con tal ímpetu y crueldad hacia uno que el malestar puede aumentar.

Quizás nos quedemos enganchados en esta fase para siempre, culpándonos por no ser capaz de crear lo que otros están consiguiendo (aunque los índices de malestar psicológico no paran de crecer), o quizás abandonemos la espiritualidad por inútil.

Pero, con suerte, podemos trascender esa fase de espiritualidad capitalista y dejar de utilizarla para estar bien, para que te vaya bien. 

¿La alternativa? Aprender a estar en paz con lo que la vida es, con lo que tú eres. 

Todo este recorrido lo conozco bien, pues lo he observado en mí, y lo observo en todas las personas espirituales durante, al menos, un tiempo.

La psicoterapia como oficio.

Considero la psicoterapia un oficio en el sentido más tradicional. Una tarea artesanal, personalizada basada en una serie de aprendizajes previos que me sirven para darle forma a la terapia, pero siempre dispuesto a adaptarla en función del material con el que trabajo, en este caso, la otra persona.
No hay dogma, no hay premisas fijas, no hay conocimiento o soluciones preestablecidas que te pueda ofrecer.
Por eso, en terapia necesito conversar contigo un rato, para observar el ser humano que tengo delante y tratar de captar lo que puedas necesitar, no siempre lo consigo.
Por eso, las formaciones que ofrezco son para pequeños grupos en los que poder practicar, entrenar y aprender el oficio, al más estilo clásico.

Autorregulación

Podríamos definir la autorregulación como la capacidad de sentirse seguro cuando me siento mal.

Tod@s nosotr@s desearíamos no sentirnos mal, especialmente cuando la emoción desagradable nos visita.
Lamentablemente el malestar parece ser parte inevitable de la vida en algunos momentos.
Siendo así, el reto deja de ser evitar el malestar para aprender a experimentarlo de forma segura.

Aquí un breve esquema de estrategias posibles:

  1. Distanciarnos con la emoción, 
  2. Darnos cuenta que la emoción es una reacción fisiológica localizada en el cuerpo,
  3. Mantener el contacto con el yo,
  4. Identificar la intención protectora del estado emocional desagradable,
  5. Revisar nuestra historia con esa emoción para entender porqué nuestra relación ha llegado a ser la que es,
  6. Entrenar la experiencia de tener la emoción de forma segura.