Autoestima ajustada

Miguel Ángel Manzano – Doctoralia.es

La autoestima ajustada

La autoestima es un concepto que goza de mucha importancia en nuestra sociedad. Muchas personas la consideran imprescindible para sus vidas, sobre todo para obtener éxito. Seguramente todo esto tiene que ver con ciertas reglas verbales que se transmiten de unos a otros. Estoy hablando de los típicos “para tener éxito, tienes que tener confianza”, o “sin confianza qué esperabas conseguir”.

Con estas frases que todos hemos escuchado alguna vez se transmite la idea de: confianza = éxito. Y nuestra mente llega sola a la conclusión de que desconfianza = fracaso. ¡Así sacan conclusiones nuestras cabezas!

Pero todas estas frases sólo son una regla verbal, me explico, no son una ley natural. ¿Por qué? Porque si realmente fuera verdad lo que transmiten esas frases, sería imposible tener éxito sin confianza, y ¿quién no ha logrado resultados sin seguridad?

Las leyes naturales son explicaciones causales que se cumplen sí o sí. Por ejemplo, si dejo en el aire un vaso, ¿qué pasará? Efectivamente, se caerá en el 100% de los casos. ¿Por qué? Porque las leyes naturales funcionan siempre, sí o sí.

Con todo esto, quiero decir que la relación entre la confianza, la seguridad y la autoestima con el éxito o el fracaso no es una ley natural, porque hay excepciones. Entonces es una regla verbal, una relación que para la mayoría de personas tiene sentido y lógica, y por eso lo aceptamos como cierto, pero recordemos que aunque a veces se cumpla, ¡no es una ley!

Y ahora que sabemos que la confianza no es imprescindible —aunque lo hace más cómodo— para lograr resultados, nos podemos plantear cómo se construye la autoestima, y cuál es la más saludable.

¿Cómo se construye la autoestima?

En primer lugar, vamos a definir que es ‘autoestima’. La respuesta más común es pensar que la autoestima ilustra lo mucho que se quiere una persona, la alta estima que se tiene. Asumiendo estimar como querer. Pero lo cierto, es que estimar también puede significar medir. Por eso podemos decir que:

Autoestima: es la medida que hacemos de uno mismo. El juicio sobre la información que tenemos de nosotros mismos.

Pero ¿qué información es la que medimos, la que juzgamos? Eso es lo que conocemos como autoconcepto, que es la información que tenemos sobre nosotros mismos. Ésta proviene de diferentes fuentes, destacando:

 Lo que nos digan los demás (eres bueno/malo cocinando),

 Cómo hayamos vivido hasta ese momento (intenté cocinar y me salió bien/mal).

Para poder tener una imagen más amplia de nosotros, es importante tener información de nuestras capacidades en diferentes aspectos. Por eso, es necesario que nos pongamos a prueba. De ahí se puede entender que la época del ciclo vital más relacionado con la autoestima sea la adolescencia, que es la edad en la que la persona se pone a prueba descubriendo su capacidad de ejecución.

Entonces, para conocernos es necesario que nos pongamos a prueba, intentar afrontar situaciones nuevas. Cuando lo hagamos nuestro autoconcepto actual influirá en la manera de vivir esa situación/experiencia. Pero imaginemos por un momento una persona que tiene que afrontar una situación absolutamente nueva, que nunca ha hecho nada parecido, y no tiene ideas sobre sí mismo. ¿Qué pensará? ¿Qué sentirá? Lo más probable es que piense “¿podré?”, y por tanto, sienta incertidumbre. ¡Así que parece lógico tener dudas! ¿Dónde queda entonces la necesidad de seguridad y confianza?

En nuestra sociedad, las emociones desagradables se intentan apartar, y nos decimos cosas como “no tengas miedo”, “seguro que puedes”, “pero ¿de qué te preocupas?”, “¿cómo te puede preocupar esto?”. Con estos y otros mensajes lo que transmitimos es que la persona se dé poco espacio para sentir emociones tan naturales como la incertidumbre o la duda.

Si a eso se suma que la persona ha recibido algunos mensajes que la llevan a pensar que puede no ser capaz, y que el fracaso es algo terrible… ¿Qué hará cuando le propongan hacer algo nuevo? Al vivir de manera muy desagradable, y de forma intensa la posibilidad de fracaso, es probable que la persona, para dejar de sentirse mal, decida no seguir adelante con el reto, con la situación nueva. Dicho de otra manera, la persona evitará el reto para dejar de sentir incertidumbre o duda.

Y, ¿qué probabilidad tiene una persona de afrontar con éxito una situación que evita? Exacto, 0%.

El problema es que cuando hacemos esto también aprendemos. Sacamos conclusiones sobre nosotros incluso cuando no hemos hecho nada. Me explico, si a la persona que ha dejado de hacer algo porque se sentía mal, le preguntamos “¿por qué no lo hiciste?”; probablemente responderá: “Porque no sé” o “porque no puedo”. Y estas frases irán directas a nuestro autoconcepto condicionando la siguiente vez que tengamos que afrontar algo, y como consecuencia en el futuro ya no sentiremos incertidumbre o duda, sino más bien, miedo y fracaso. Y así sucesivamente, si se sigue evitando.

Si, afortunadamente, la persona ha conseguido hacerse cargo de las dudas y la incertidumbre, y afronta la situación, para hacérselo más fácil puede utilizar “trampas” o trucos. Con esto me refiero a algo que en cierta medida hacemos todos. Si tenemos que ir a un lugar nuevo, le pedimos a alguien que nos acompañe. Si tenemos que enviar algo importante, le pedimos a alguien que nos lo revise. El problema es que si siempre afrontamos de la misma manera, corremos el riesgo de finalmente atribuir a las “trampas” los resultados. Es decir, aprenderíamos que soy capaz, pero gracias a las “trampas” que he utilizado. Por tanto, en el futuro no me veré capaz de hacerlo sin ellas.

Para poder crear un autoconcepto, una idea de mí mismo, amplia y constructiva, es necesario que, siempre que sea posible, afronte, por mis propios medios, los retos que se me presentan. Para poder atribuirme también los resultados.

Muchas personas se pueden estar planteando la siguiente pregunta: “¿Y si fracaso?”. A lo que respondo: Felicidades por fracasar y felicidades por triunfar. Después de haberlo probado te conoces mejor, sabrás qué puedes hacer y qué no. Podrás descubrir qué capacidades es necesario que entrenes, si es que son importantes para ti.

Debemos también tener presente que si evitamos afrontar esas nuevas situaciones, tendremos 0% de posibilidades de éxito, si nos atrevemos, en cambio, como mínimo la probabilidad será mayor a 0.

Recordemos que las personas no nos hacemos cargo con relativa facilidad de nuestros fracasos (aunque a corto plazo pueda ser desagradable), pero llevamos mucho peor (a largo plazo) no haber intentado vivir o experimentar aspectos esenciales de nuestra vida. Con esto quiero decir que no estoy de acuerdo con perseguir la alta autoestima, entendida como la colección de éxitos de una persona. Considero que lo importante es una autoestima ajustada; que el conocimiento que tengas de ti mismo nazca de tu propia experiencia, de tus éxitos y de tus fracasos. Ni de lo que digan los demás ni de lo que nunca intentaste; en este caso la autoestima sería desajustada.

Analizando lo que habitualmente se entiende como baja autoestima, descubrimos que son ideas que la persona tiene, pero más fundamentadas en lo que no intentó que en fracasos que haya experimentado.

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Un día malo

Miguel Ángel Manzano – Doctoralia.es

Después de varios días buenos, de esos en los que te sientes con alegría, con energía y notas como todo a tu alrededor fluye armoniosamente, te encuentras con otro de esos días grises (por llamarlo de alguna manera).

Y entonces, tu sorpresa inicial se convierte en desesperación, pues creías que después de tanto esfuerzo ya lo habías conseguido, ya estabas estable.

La desesperación deja paso a la rabia, y la rabia se orienta a buscar dentro tuyo lo que sigue yendo mal, que o bien es más pequeño, o peor aún, ha aprendido a esconderse mejor (eso es lo que te dices a ti mismo).

Y en ese día gris empieza a soplar un viento cada vez más intenso, un tornado que te arrasa intentando encontrar la causa de ese mal día. Cuando quieres darte cuenta, el gris es negro, y tu estás convertido en escombros.

Pero ¿y si un poco antes te detienes?. Ya lo sé que hay mucha presión para que uno encuentre lo que funciona mal, ya sé que te dicen que si algo no funciona como quieres es tu responsabilidad, ya sé que se supone que tu gobiernas tu vida, y eres el creador de tu vida, y que debes mantener el timón firme, ya sé que no te gusta pasarlo mal.

Pero aún así, ¿y si te detienes en el inicio de la secuencia? Párate en la sorpresa ¿qué es lo que te sorprende? ¿Un día gris?

Detente y observa que tiene que pasar para que te sientas sorprendido. Para sentirte así, tu mente ha establecido una comparación entre lo que está sucediendo (un día gris) y lo que cree que debería pasar, más días soleados. Y le sorprende porque después de tanto buscar creías que lo habías logrado, que ya estabas “bien”. Observa con detalle la increíble presión que te pones encima para estabilizarte, para no tener altibajos.

Y observa la naturaleza. Entiendo que en medio de un caluroso mes de agosto te sorprenda una fuerte tormenta, pero sucede. Y te pregunto ¿dónde está el problema en que suceda? ¿Acaso el planeta debe analizarse para entender porque aún sufre tormentas?

Fíjate que la naturaleza es constantemente cambiante, y frente a esa realidad, nosotros intentando estar estables, buscando la manera que no te afecte.

Y por último, si permites que el día sea gris, ¿finalmente no estarías alcanzando tu objetivo? ¿No estarías consiguiendo que el día gris no te afecte?

Todo está bien, por supuesto, los días grises también. Como en la naturaleza cada estado tiene su función, y la vida no podía existir sin ese balance.

Ego y yo

Miguel Ángel Manzano – Doctoralia.es

¿Es el capullo una flor adulterada?
¿Es el gusano de seda una versión peor de la mariposa?
¿Acaso está el capullo o el gusano impidiendo el surgir de la mariposa o la flor, o forman parte de su evolución?
Te puede gustar más la mariposa que el gusano o la flor que el capullo, pero ¿no es cierto que el gusano es ya la mariposa y el capullo la flor?
De la misma forma el ego no es un problema ni una creación artificial dentro tuyo, es un estado natural de ser uno mismo, quizás te guste menos por ser doloroso, pero tiene otras ventajas.
El ego no es un “capullo” para el ser.
El ego es el ser, como el capullo es flor.
Estados naturales de lo mismo, si dejamos de lado tus gustos, juicios y opiniones.
Una vez más el lenguaje dual nos hace ver enemigos y problemas donde no existen.

Incertidumbre y confianza

Miguel Ángel Manzano – Doctoralia.es

Viniendo de donde venimos, de la familia primate, no es difícil adivinar que una de las emociones que nos genera más rechazo es la “incertidumbre”.

Y es que en un contexto salvaje, o las cosas son peligrosas o no lo son, pero eso de no saber si lo son, o en que proporción, o si me tendré que proteger o no… todas esas eran cuestiones que estamos aprendiendo sobre la marcha, y que son consecuencia de los cambios en el estilo salvaje, el zoo que hemos construido a nuestro alrededor para protegernos.

Así, frente a la duda, en el mundo salvaje se opta directamente por incluirla en peligro, y la incertidumbre dura un segundo, o ni eso. Así que no tenemos bagaje de adaptación y convivencia con la incertidumbre, lo que explica nuestra dificultad para experimentarla.

Y como no nos gusta preferiríamos no vivirla, y de hecho procuramos no vivirla (aunque nos acompaña siempre). Así intentamos acogernos a certezas, a pilares de seguridad, y no hay nada más seguro que lo que ya ha pasado. Y es así, como acabamos apostando nuestra vida por los patrones antiguos que funcionaron una vez, aunque esté claro que ya no sirven, ¡nos dan seguridad!. “Eso ya sé de qué va”, “ya lo he vivido”, “ya sé que consecuencias puede tener y cuales no”.

Así que como terapeuta, uno sabe que la incertidumbre forma parte natural de la terapia, y es que, una parte de nuestro trabajo consiste en que la personas deje de confiar en lo que una vez sirvió pero ya no. Y cuando se dejan atrás esas falsas certerzas, la persona se siente insegura, pero especialmente, siente incertidumbre porque ya no sabe qué puede esperar, la vida se vuelve un territorio nuevo, donde las
consecuencias no se pueden preveer.
Como ya no hace lo que siempre ha hecho, ya no espera lo que siempre ha recibido, pero es que además no sabe qué va a recibir.

A esa incertidumbre la llamo el “malestar del cambio” que es tan desagradable como maravilloso.
Es desagradable porque como primates preferiríamos no saberlo, pero es maravilloso porque demuestra que la persona ha dejado atrás falsas certezas y se mueve un territorio nuevo del que no sabe qué esperar, así que se reinicia ese proceso de ensayo y error que es la vida.

En este punto, muchas personas empujan para que adivinemos lo que sucederá, que calmemos su incertidumbre, que les ayudemos a saber quienes son en este nuevo contexto.
Frente a este contexto, yo prefiero apelar por favorecer la tolerancia a la incertidumbre, de una forma que no resulte excesiva para la persona, y añadiendo dosis de confianza.
Hacer notarle a quien experimenta la incertidumbre que la solución es volver a lo que fue, pero que eso no funcionó, e involucrarse en la confianza que uno será capaz de hacerse cargo de las consecuencias, unas gustarán y otras no, pero todas se podrán afrontar a su debido momento.

En resumen, y desde mi perspectiva más mística, creo que la incertidumbre es la emoción más espiritual, pues al experimentarla y permitirla nos estamos alejando de las falsas certezas con las que vive el primate, y nos abrimos un mundo nuevo, que aderezándolo con confianza, nos podemos dar la oportunidad de conocerlo poco a poco. Aunque eso ponga a prueba nuestra paciencia.

Post inspirado en “cisne negro” de Nassim Nicholas TalebIMG_6535

Análisis Funcional de Conducta

Miguel Ángel Manzano – Doctoralia.es

Os dejo algunos ejemplos sobre el uso del análisis funcional de conducta en situaciones habituales en psicoterapia.

Analisis Funcional de Conducta (pdf)

la metáfora del árbol

Miguel Ángel Manzano – Doctoralia.es

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Imagina por un momento que quieres cultivar un bonito árbol.

Para conseguirlo, yo colaboraré aportándote una semilla. A partir de ahí, todo depende de ti.

Si tienes una semilla y quieres que se convierta en un árbol, ¿qué tendrás que hacer? La respuesta para la mayoría de urbanitas sería “conseguir un recipiente, tierra y abono”. Y, ¿esto donde se encuentra? En un Garden Center, por ejemplo. Pero como suelen estar a las afueras de las zonas residenciales, seguramente nos dé pereza acercarnos hasta allí. Y entonces diremos, “ya iré”, posponiendo nuestro proyecto.

Al decidir que irás en otro momento, estás consiguiendo que en ese instante el esfuerzo inevitable de tener que moverte para comprar se elimine. Pero entonces hay un problema. Cuando te metas por la noche en la cama, ¿qué tendrás en la mano? ¡LA SEMILLA! Pero no ha empezado a convertirse en árbol.

Y sí, es verdad, podrías comprar el árbol del que estamos hablando, pero también sabes que nunca sería lo mismo que si lo hubieras cultivado tú.

Al día siguiente, si quieres que al acostarte no esté la semilla en tu mano ¿qué tendrás que hacer? ¡Ir a comprar! Y para conseguirlo, tienes que ser paciente contigo mismo y con la sensación de falta de ganas de ir en ese momento, porque es cierto que desplazarse hasta el Garden Center supone un esfuerzo, pero justamente eso es compatible con tener ganas de tener un árbol.

Supongamos que, finalmente, decides ir a comprar. El siguiente paso, de vuelta a casa, será plantar la semilla, ¿verdad? Pero podemos sentir que por hoy ya nos hemos esforzado suficiente —y no digo que no sea así. Aunque, si nos dejamos llevar por esa sensación, ¿qué será lo siguiente que nos apetezca hacer? Descansar. Y al llegar la noche y meternos en la cama, ya puedes imaginar lo que pasará. ¿Qué descubrimos en nuestra mano?… ¡UNA SEMILLA!

Al día siguiente, con voluntad te decides a plantarlo, pero al abrir el saco de tierra descubres con desagrado que… ¡mancha! Y tú no te quieres manchar. Para no experimentar esa suciedad, ¿qué harías? Efectivamente, cualquier otra cosa. Pero, al llegar la noche, ¿qué encuentras en tu mano? ¡CLARO, UNA SEMILLA!

Si decides vivir calmadamente la experiencia de ensuciarte, te pondrás manos a la obra y prepararás todo lo necesario, y… ¡ya podrás desprenderte de la semilla!

El siguiente paso es regar, pero claro, ¿qué haces regando un trozo de tierra? La imagen de uno mismo regando un trozo de tierra es un poco extraña, y si no quieres sentir que eso es muy raro, ¿qué harías? No regar. ¿Y qué probabilidades tienes de tener un árbol? ¡Cero!

Te decides que por raro que sea regar tierra, eso tiene sentido porque saldrá un árbol, o no. Porque, ¿quién te garantiza que vaya a brotar? ¿Quién te asegura que tu esfuerzo tendrá resultados? Como no estás dispuesto a esforzarte en vano, ¿qué haces entonces? Lo adivinaste una vez más: No regar. Y ¿qué probabilidades tienes de tener árbol? Cero.

Una vez más te superas a ti mismo, y sigues adelante, pero aparece otra duda: ¿Y si sale un árbol que no me gusta? Esforzarte por algo que no valga la pena no está en tus planes. Así que… ¡dejamos de regar! Resultado: cero posibilidades de que brote.

Y por cierto, ¿recuerdas por qué empezó todo esto? PORQUE QUERÍAS UN ÁRBOL. Aunque sé que a estas alturas ya no tienes muy claro si lo quieres o no. ¿Te suena esa sensación de confusión?.

Si a pesar de todos esos obstáculos sigues adelante, es posible que tengas alguna oportunidad de tener un árbol. Es verdad que nadie puede garantizártelo, pero —a menos que lo compres— cultivarlo es la única forma de conseguirlo. Si logras que brote, ¡FELICIDADES!; y si no ¡FELICIDADES! Porque nunca te podrás reprochar que no tuviste el árbol por falta de compromiso, te podrás decir: “he hecho todo lo que pude”.

Supongo que ves a dónde quiero llegar con esta historia, ya sé que he exagerado un poco, y que plantar un árbol quizá no sea para tanto, pero ¡ya sabes como somos los psicólogos!

Imagina que ese árbol del que hablamos es tu vida, te das cuenta de todos los pasos que tenemos que dar para hacerla “brotar”, para hacer que siga adelante. E inevitablemente, muchos de esos movimientos suponen algún tipo de estados emocionales desagradables (no tengo ganas, “¿de qué servirá?”, esfuerzo, etc). Si para no experimentar ese malestar, nos deshacemos de él de manera inmediata, es posible que también nos estemos apartando de la oportunidad de conseguir desarrollar una vida de la que sentirse orgulloso, en la que no te puedas recriminar que no jugaste con toda la energía que requería.

La metáfora de la semilla_rev2 (pdf)

Dudar de lo que veo

Miguel Ángel Manzano – Doctoralia.es

La Terapia basada en Aceptación, fomenta que uno no se tome en serio todo lo que sucede dentro suyo, en concreto pensamientos y emociones.

Es decir, no hace falta que asumas como válido y propia cualquier cosa que pienses o sientas. No todo lo que piensas o sientes te representa, y no hace falta ni que lo intentes eliminar, ni que lo transformes en acción.

De hecho, tú no eliges tus pensamientos y emociones, así que por qué sentirse culpable, responsable o considerar que esos pensamientos son tuyos.

Es curioso como no tratamos todo lo que sucede dentro nuestro de la misma forma. Me explico, uno sabe que digiere, pero no cree ser su digestión, ni sus jugos gástricos. Uno no se define por como funciona su sistema digestivo, asumiendo “soy una persona muy ácida porque digiero varias veces al día”.

Pero sí lo hacemos con lo que pensamos y decimos, aunque está de sobras demostrado que uno no crea la inmensa mayoría de pensamientos que experimenta durante el día. En realidad, pensamientos y emociones son reacciones instantáneas que suceden como resultado de una situación concreta en un organismo en concreto, que tiene una biografía determinada.

Uno dice que “TENGO problemas de digestión” pero “PERO alguien negativo”, cuando en realidad “ser alguien negativo”, es que TIENES muchos pensamientos, erróneamente, denominados negativos, sencillamente porque te encuentras en tensión.

Otro motivo para dudar de los pensamientos y emociones que suceden dentro nuestro es que son el resultado del procesamiento de la información que recibimos desde fuera.

Pero, ¿podemos confiar en nuestra percepción del mundo?

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Fíjate en la siguiente imagen, en la parte de la izquierda, si te pregunto, ¿cuál es el señor de mayor tamaño? Probablemente tu percepción, aunque sabes que no así, es que el del fondo (otra ilusión porque es 2D, es decir, no hay fondo). Si te fijas en la imagen de la derecha, verás claramente que todos son iguales.

Este pequeño experimento, y millones más que puedes encontrar en internet nos dan una muestra de los pobre y sesgada que es nuestra percepción del mundo. Pero es la que tenemos y la que necesitamos.

Pero, sabiendo que el mundo probablemente no es como lo ves, al menos permítete la duda de que tu visión del mundo no es “verdad”, ni completa, y permítete cambiar de opinión, y especialmente, no tomarte en serio los pensamientos y emociones que suceden dentro suyo, porque muchos son el resultado de percepciones reales, pero ilusorias.

Post inspirado en la lectura “pensar rápido, pensar despacio” de Daniel Kahneman, y no creo que sea el último que inspire.

Dejo algunos recursos para profundizar en las ilusiones:
http://www.scientificpsychic.com/graphics/ilusiones-opticas.html

http://verne.elpais.com/verne/2016/03/04/articulo/1457088168_275195.html

No sé lo que soy

Miguel Ángel Manzano – Doctoralia.es

Parecemos seres sólidos.
Aunque somos un 75% agua y entre las moléculas que nos forman hay más “vacío” que materia.
A lo que hay que sumar, que gran parte de nuestra conducta nos resulta invisible al ser hábitos remotos automáticos que ni siquiera recordamos cuando los adquirimos.
Y aún así defendemos nuestra forma de ser y vivir, nuestra identidad como algo estable y concreto.

Percibimos el mundo como un lugar sólido estable.
Pero la ciencia nos demuestra que nuestra visión del mundo se produce en nuestro cerebro como resultado de lo que hace nuestro sistema nervioso con la información que le llega de los sentidos.
De hecho, ahí fuera hay más información que nos es invisible (fuera del rango de percepción de los sentidos) que la que percibimos, aún así defendemos nuestra visión del mundo, y aseguramos que las cosas son así.

Quizás es momento de abandonar la visión que tenemos de nosotros mismos, empezando por desconfiar de las apariencias y reconocer que no sé lo que soy, y que cualquier visión que tenga de mí siempre será parcial y temporal.

Quizás es tiempo de abandonar el esfuerzo por responder la pregunta ¿quién soy? y simplemente esperar a que la respuesta acuda en el único momento que importa, ese instante antes de morir. Esa respuesta que acude al moribundo en forma de recuerdos sobre cómo ha vivido la vida, y que permiten una despedida en paz, o no tanto. Y parece que esa paz está muy relacionado con lo orgullosos que estemos sobre cómo hemos afrontado las circunstancias que no pudimos elegir.
Por tanto, más que definiciones, descripciones, categorías, suma de características, en realidad, somos el conjunto de nuestras experiencias, y donde permitimos que nos lleven.

La definición, el conocimiento verbal descriptivo que tienes de ti, no te ayuda demasiado a vivir con mayor intensidad tu vida, en realidad, en la mayoría de los casos que observo (y autoobservo), parece ser un inconveniente añadido.

¡Deja de pensarte! Miguel deja de pensarte. Y es que si piensas mucho en ti, de forma casi obsesiva, es que eres para ti una obsesión, y estás obsesionado simplemente porque te consideras un grave problema que necesitas una solución urgente.

Y todo ese dolor tiene su origen en que no confías en ti, pero no pretendo culparte, ni culparme de ello, y es que simplemente, nadie ha confiado ciegamente en nosotros, nadie nos ha transmitido, “tal y como eres, es perfecto”. Si estás dispuest@, ha llegado el momento de aprenderlo.

Deja de pensarte en enfócate en tus recuerdos futuros…

Autosabotaje

Miguel Ángel Manzano – Doctoralia.es

Desde el principio de la vida, el juego (hasta hace muy poco) ha consistido exclusivamente en la supervivencia. Todo trata sobre llegar a adultos y procurar la continuidad de la especie en concreto, y la existencia en global.

Así, la prioridad de todos los organismos vivos ha sido maximizar sus oportunidades de supervivencia, o de reducir a la mínima expresión el riesgo de muerte. Y digo todos los organismos vivos, obviamente incluyendo a los seres humanos.

Y siendo la de la supervivencia una ley ancestral, me resulta de lo más llamativo que los humanos hablemos de nuestra capacidad de autosabotaje, es decir, la tendencia a “jugar” contra de uno mismo.

Y es que hemos “humanizado” la conducta humana, es decir, damos explicaciones que asumimos de sentido común pues se corresponden con la observación directa, aunque obvien las leyes más fundamentales sobre la vida.

Así, aún siendo evidente que el objetivo de un organismo es sobrevivir, afirmamos que alguien se puede perjudicar voluntariamente, y lo justificamos apelando a sus propios actos, pero ¿acaso los estamos entendiendo? ¿acaso la explicación que estamos dando se corresponde con leyes naturales más allá de los juicios y opiniones cotidianas en cafeterías, ascensores…?

Si crees que tú mismo, tu pareja, tus hijos, algún amigo, algún familiar, algún desconocido se sabotea, aunque lo puedas justificar con hechos que parezcan demostrarlo, en realidad no te estás enterando de la película. Uno jamás puede ser su propio enemigo.

Pues si la ley fundamental es la de la supervivencia, y tenemos actos que aparentan ir contra uno mismo, debemos crear una explicación compatible.

¿Qué debe ser tan valioso para que estemos dispuestos a sacrificar eso que queremos o deseamos tanto?
¿Quién no está dispuesto a experimentar un mal menor para evitar un mal mayor?

Atendamos a nuestros juicios y observemos como no se ajustan a las leyes de la naturaleza, atendamos al impacto que tienen en quien recibe ese juicio, y ante todo, escuchemos y fomentemos la conversación que nos permita poner de manifiesto “para qué” le sirve a esa persona el ¿sabotaje?, que está salvando al, aparentemente, perjudicarse.

Repito, jamás puedes ser tu propio enemigo. Si crees que te perjudicas, es porque no estás entendiendo tu película, no puedes ver qué estás salvando y sólo puedes percibir lo que estás sacrificando.

Hipocondría

Miguel Ángel Manzano – Doctoralia.es

Hemos convertido la salud de nuestro organismo en una prioridad.
Hemos aprendido a tratar la salud como la ausencia de enfermedad.
Hemos considerado la enfermedad como sinónimo de muerte, y la salud como sinónimo de vida.
En una sociedad que siente pánico y trata como tabú a la muerte, y que está aún, sólo, pendiente de la supervivencia, más que de encontrar el sentido personal de vida.
En este contexto, el hipocondríaco nos enseña una gran lección. Pretender salvaguardar la salud puede convertirse en algo poco saludable para tu vitalidad.
Pendiente todo el tiempo de que no se le escape la vida a través de la enfermedad, pierde la oportunidad de experimentar su propia existencia.
Como consecuencia, su vitalidad y sentido de vida se evaporarán, así como la satisfacción de vivir, y todo lo que le queda es la ansiedad por seguir sobreviviendo.
La vida se convierte en una rutina de preocupaciones y pruebas médicas, donde ya no queda espacio para una vida saludable que te nutra a través de las relaciones, de los acontecimientos que suceden sin que uno los provoque.
El hipocondríaco es el caso extremo que nos muestra con claridad esta lección, pero no nos engañemos, todos somos bastante hipocondríacos.
La salud de tu organismo es importante, pero la de tu vida y existencia también. Y es que hay quien incluso afirma, que lo mejor que me pudo pasar fue enfermar, pues me nutrió de una nueva perspectiva frente a la vida.
y tú ¿vives o sobrevives?