El TOC del TOC

Antes de describir esta condición (inventada), permíteme una introducción o recordatorio de aspectos que son esenciales para mí para poder entender los trastornos psicológicos.

Es fundamental recordar que el Sistema Nervioso es esencialmente un mecanismo de supervivencia. Así, identifica los indicios de amenaza y genera una respuesta protectora en forma de ansiedad (lucha o huida) o congelamiento.

Las diferencias individuales a la hora de identificar indicios de amenaza se relacionan con la sensibilidad heredada del sistema nervioso autónomo SNA (tasa de amenaza necesaria para despertar la protección) y especialmente de las amenazas previas. Es decir, las personas que han sufrido situaciones de conflicto especialmente durante la infancia, pueden vivir con un SNA mucho más alerta, más sensible.
En resumen, podríamos afirmar que la tarea primordial para el SNA es que el peligro que ya hemos vivido no se vuelva a repetir.

Además, permíteme compartir mi “definición” de TOC o Trastorno Obsesivo Compulsivo. Lo describiría como el esfuerzo continuado e intenso por tratar de evitar o bloquear que algún peligro o amenaza concreta suceda.

Así, por ejemplo, el clásico TOC de limpieza de manos, se las lava continuamente como una estrategia para evitar la suciedad y un inminente contagio (entiéndase que este ejemplo era más interesante antes de la pandemia).

Ahora sí, con estas premisas, revisemos el TOC del TOC (o de cualquier otro sufrimiento o trastorno psicológico).

Podemos definir el TOC del TOC como el esfuerzo continuo e intenso por tratar de evitar y alejar un nuevo episodio de sufrimiento psicológico. Sería algo así como “no puedo volver a pasar por el TOC”. Nuestro SNA notando el malestar que nos generó nuestro crisis previa de TOC, o crisis de ansiedad, o depresión… tratará de identificar los indicios que puedan señalar que nos podemos estar acercando a otro episodio, y se pondrá a la defensiva. Esa estrategia defensiva incluye más atención a los indicios y más tensión para la lucha, y el resultado es mayor malestar, y que además tendrá aún más similitudes con el TOC o cualquier trastorno que hayamos experimentado previamente.

Para “alejarnos” del TOC, el SNA condicionará de forma más o menos sutil nuestra vida fuera de la piel, proponiéndonos ciertos rituales o limitando las actividades que podemos hacer.

Pero diría que la peor parte se la lleva lo que sucede dentro de la piel. Me explico, el SNA se vuelve auto-hipervigilante de cualquier pensamiento, sensación o emoción que crea que está relacionada con un nuevo TOC. Así nos propondrá una estrategia de contención emocional, es decir, evita lo que te haga pensar o sentir esto que podría llevarnos al sufrimiento. O busca una estrategia para desterrar inmediatamente ese contenido psicológico.

En la actualidad el TOC del TOC interno está muy generalizado. Lo podemos ver en el TOC, en los trastornos de pánico, en la hipocondría… 

Y por el momento cultural en el que estamos, ese control emocional puede no aparentarlo. Las prácticas como la meditación o el mindfulness están cayendo del lado opuesto de su propuesta, pues en lugar de permitir el fluir, se están utilizando como un método de control sutil, de prevención del trastorno psicológico.
“Voy a meditar un rato para que estos pensamientos peligrosos desaparezcan” sería una afirmación que describe este uso paradójico de estas estrategias.

Y no sólo la meditación, el mundo del crecimiento personal, la espiritualidad y buena parte de la psicoterapia están inundados de esta intención controladora.

Y tú puedes preguntarte ¿y cuál es el problema? Pues, la tensión y dependencia de este tipo de estrategias. A veces, cuando converso con una persona que está en el TOC del TOC le propongo ¿qué pasaría si no meditaras todos los días? Y la respuesta es miedo, desconfianza. Involuntariamente se le ha atribuido un poder excesivo. “Gracias a estas prácticas y este trabajo personal no vuelvo al TOC” pero soy TOC de estas prácticas.

El TOC del TOC, obsesionado con no obsesionarse.

Autoestima y depresión

Muchas personas, (mal)entendiendo que la baja autoestima es sinónimo de no quererse, la relacionan con la depresión. Es decir, si no me quiero, tengo baja autoestima, es más probable que tenga depresión.

Hay algo de cierto en esa afirmación, pero no de la forma que habitualmente se entiende. No es que la baja autoestima sea un poso que va creciendo hasta llegar a un estado más intenso, la depresión.

Recordemos que como planteé en el post “la baja autoestima no es quererse poco”, el cuestionamiento personal es un mecanismo protector que procura avisarnos de las situaciones donde se puede ver comprometida nuestra imagen social y, por tanto, el aprecio que los demás nos tengan. Para protegernos, y mantener la protección de la manada, procuramos no asumir riesgos para no fracasar y ser cuestionados, y en última instancia rechazados.

Por tanto, creerse la baja autoestima (asumir que los pensamientos que nos cuestionan o infravaloran nos describen) y, en consecuencia, protegerse en exceso nos llevaría a un estilo de vida más rutinario, más pobre, con pérdida de oportunidades y vitalidad por el riesgo a fracasar.

Es este patrón conductual de exceso de seguridad, de cautela y de pasividad, lo que realmente repercute en cómo sentimos nuestra vida. El empobrecimiento crónico al rechazar y alejarnos de las situaciones y decisiones que nos hacen sentir mal, puede hacer que la persona se desconecte del sentido de su vida y en consecuencia que el estado de ánimo baje.

Si frente a las oportunidades que me ofrezca la vida en diferentes ámbitos, una oportunidad profesional, el interés sentimental, nuevos grupos de amistad… adopto el patrón de protección y “para no hacer el ridículo”, “para que no descubran realmente como soy”, “para no fracasar”… renuncio a explorar esas posibilidades, el resultado es una vida plana, rutinaria y que sentimos que no desprende todo el brillo que podría tener. Dentro nuestro se almacena la pérdida, y a medio plazo es vivido como un fracaso menos intenso pero más crónico que haber sido rechazado.

Lo que trato de poner sobre la mesa son las causas últimas del bajo estado de ánimo, pues la terapia que elijamos dependerá de las causas que consideremos responsables del mismo. 

  • Si yo considero que la depresión nace de no quererme, voy a tratar de hacer crecer el amor dentro de mí con diferentes estrategias intrapsicológicas. Es decir, el resultado serían técnicas de introspección y autoconocimiento que pueden darme mucha información sobre mí mismo, pero que pueden cronificar aún más la desconexión con la vida externa.
  • Pero si, por otro lado, creo que la depresión está relacionada con el empobrecimiento de mi vida por un exceso de cautela y renuncia a las oportunidades, procuraré aprender a arriesgar y estableceré un patrón de activación conductual, que son estrategias dirigidas a cambiar cómo vivo y no cómo me siento. Es decir, es un mecanismo conductual, dirigido hacia afuera que ha demostrado ser lo más eficaz en el abordaje del bajo estado de ánimo.

Afortunadamente, no tenemos la necesidad de elegir uno u otro enfoque terapéutico, porque pueden ser complementarios. Pero con demasiada frecuencia me encuentro que queremos solucionar los problemas sólo desde dentro, obviando cómo estoy viviendo hacia fuera.

La cultura del crecimiento personal, ese idea llevada al extremo de que la realidad refleja como tú eres, tomada literalmente, puede llevarnos a un excesivo examen personal interior que puede ser más problema que solución.

Retomando el título de uno de los libros de Steven Hayes “Sal de tu mente, y entra en tu vida”.

La baja autoestima no es quererse poco (parte 2)

Casi todos llevamos incorporado ese chip crítico hacia nosotros mismos que, como vimos en la parte 1, pretende protegernos mejorando nuestras vulnerabilidades señalándolas de forma desagradable e incluso cruel y convirtiéndonos en “mejores personas” y siendo más merecedores del Amor del otro.

Pero también es verdad que hay personas que les afecta más que a otras. Normalmente, detrás, hay una historia que lo justifica.

Por ejemplo, imagínenos un niño/a tenía unos progenitores que le trataban de manera agresiva/violenta dependiendo de su conducta, “cuando se portaba mal”. Posiblemente llegó a la conclusión que para estar bien y que le quisieran tenía que portarse bien y hacer las cosas bien.

Su mente, perfeccionaría el chip de “autoacusación” no sólo para mejorar, si no, especialmente para evitar la agresividad. Así se volvería experta en identificar situaciones de riesgo que pudieran hacer que el adulto se enfadara, y su mente le lanzaría mensajes del tipo “no hagas eso” o “no harás bien”, con una intensidad y un volumen altísimo que hace más complicado no creérselo.

Ese mecanismo protector irá evolucionando con los años, procurando que la persona evite todas las situaciones que pueden generar rechazo o agresividad por parte del otro. Es habitual que estás personas sean expertas en evitar situaciones de conflicto y en “adivinar” lo que el otro quiere o necesita.

Para lograrlo, siempre que una situación incluya algún riesgo, la mente tratará de alejar a la persona de esa situación con mensajes como “no eres capaz”, “te vas a equivocar”, “no les vas a gustar”.

De nuevo puede parecer que la persona no se tiene estima, pero analicemos con detalle estos mensajes.

  • “no eres capaz”. Posiblemente lo que la mente trata de advertir es que no tenemos la seguridad de ser  capaces, y que si finalmente no lo somos vamos a tener problemas, así que parece una buena idea no intentarlo, para evitar males mayores.
  • “te vas a equivocar”. Es muy parecido al anterior, y sólo trata de magnificar la posibilidad de error para que notemos el riesgo que supone. Al hacerlo, nuestra predisposición a intentarlo disminuye, es decir, la mente “logra” protegernos, mantenernos en la posición más segura, aunque también más aburrida.
  • “no les vas a gustar”. Es el equivalente social a “no eres capaz”. En este caso la mente asegura el fracaso para evitar sufrir al intentar vincularse con el otro.

Protegernos de aquella amenaza antigua que era la agresividad del adulto puede condicionar nuestro presente. El objetivo en este caso es aprender a “calmadamente” asumir ese riesgo para alcanzar una sensación de más vitalidad.

Aprender a calmar a esa parte asustada, que trata de protegerse del otro, mostrándole que el presente no es tan peligroso como el pasado, y así, lograr que nos resulte más fácil arriesgarnos.

La baja autoestima no es quererse poco (parte 1)

Se define habitualmente la baja estima como poco amor hacia uno mismo. Pero ¿es realmente así?

La baja autoestima la podemos describir como un conjunto de sensaciones y pensamientos críticos y acusatorios hacia uno mismo. Normalmente señalan aguda y cruelmente alguna de nuestras vulnerabilidades, bien sean presentes, pasadas o futuras. Algunos ejemplos de pensamientos serían “no soy/seré capaz”, “no valgo para nada”, “tendría que hacerlo/ser mejor”.

Obviamente si miramos la forma o las palabras que contienen estos pensamientos es normal que acabemos asumiendo que no nos queremos o que tenemos una mala valoración de nosotros mismos.

Pero observemos estos pensamientos desde otra perspectiva. ¿Qué intentan estos pensamientos? ¿Cuál es su función?

Para responderlo, permíteme que te ponga una analogía. 

Los padres tendemos a ser críticos, incisivos e incluso crueles en nuestras valoraciones y/o correcciones hacia nuestros hijos. En eso se mezcla el probable cansancio de los progenitores con el Amor por nuestros hijos. 

  • Perdona, ¿has dicho Amor?
  • Te perdono. Sí, he dicho amor. Ese amor tenso, protector.

Me explico. Los padres en general deseamos lo mejor para nuestros hijos, y cuando identificamos alguna conducta o características que creemos que les perjudica, procuramos estimular el cambio. Sólo hay un pequeño problema, y es que ignoramos lo que sabemos sobre modificación de conducta. 

En lugar, de potenciar conductas alternativas deseables, castigamos repetidamente la conducta que no deseamos. Y bien es sabido, que en general esa estrategia no es muy útil.

Con el estrés vital que vivimos, sumado a la de veces que le habremos intentado hacer notar la necesidad de cambio, es posible que en un tono más agresivo del que desearíamos, le hagamos crueles “resúmenes” como por ejemplo: “eres un vago”, “siempre lo haces mal”, etc.

Sin duda, visto por un extraterrestre se podría asumir que ese adulto no quiere a ese niño o niña por cómo lo está tratando, pero lo cierto, es que los humanos, “entendemos” que lo hacemos por su bien, estamos tratando de influir “constructivamente” en él o ella.

Otra analogía. Nuestro sistema pedagógico tradicional para evaluarnos se basa en destacar lo que nos falta para que la tarea esté bien o perfecta, resaltando en rojo el error. Y es frecuente que el mensaje hacia el infante sea los puntos que le ha faltado para alcanzar la máxima puntuación en lugar de reforzar lo logrado.

¿por qué actuamos de esta forma? 

La mente es un instrumento simple e inocente, y llega a conclusiones de la misma naturaleza. En este caso sería “si consigo no tener fallos seré perfecto”, “si no me siento mal, me sentiré bien”.

Y con esa intención, la mente señala insistentemente lo que considera “fallos” para que te impliques y motives en mejorarlo. Probablemente diga “eres una vago” con la esperanza que esa motivación desagradable sirva de estímulo para ponerte a trabajar más y mejor.

Por tanto, ese pensamiento si lo vemos desde su función, no refleja falta de amor hacia uno mismo, si no una insistente intención de mejorar para que puedas lograr los objetivos que te has planteado.

Tu mente no trata de sabotearte, sólo persigue estimularte, pero lo hace de la forma más primitiva, desde la coacción. Paradójicamente, ese estímulo desagradable puede llegar a bloquearnos aún más, con lo que se cierra el círculo para que tu mente aún te acuse más para que te mejores.

En resumen, lo que te estoy proponiendo es que revises eso a lo que denominas baja autoestima como el intento desagradable de una parte de ti mismo por lograr que seas mejor. Nos queremos tanto, y deseamos ser tan queridos que nos tratamos de forma agresiva para lograr la vida que creemos que debemos tener.

La denominada baja autoestima refleja un elevado grado de amor hacia uno mismo expresado de forma agresiva, y quizás nos pueda servir de punto de partida para encontrar nuevas formas de Amar más amorosas.

¿Eternamente insatisfechos?

Hijos de la época de la oportunidades individuales, de la evolución tecnológica, hemos heredado la tendencia a procurar que nuestra vida sea mejor. Vivimos en la cultura del “te mereces lo mejor”, “ puedes lograr lo que desees” y eso influye en cómo nuestra mente nos intenta hacer felices.

Desde un punto de vista de la supervivencia, y del funcionamiento del sistema nervioso, para que algo sea mejor debe ser menos malo, menos imperfecto.

Es así, que con la intención de que nuestra vida sea mejor, nuestra mente intenta que sea menos mala. Para lograrlo, lo primero que hace es identificar toda imperfección, todo lo incompleto, todo lo mejorable. Y por nuestra mente empiezan a aparecer pensamientos críticos con algunos aspectos de las áreas de nuestra vida, además de sensaciones de insatisfacción y rechazo.

Durante un tiempo, podemos dejarnos llevar por esa inercia y tratar de perfeccionar, de mejorar todo lo que nuestra mente ha señalado, habitualmente son periodos de tensión o nerviosismo, pues estamos involucrados en la “lucha” de mejorar para ser felices. 

Con suerte, el resultado de ese esfuerzo funcione durante un tiempo. Nos sentimos mejor con los cambios. Pero aún no será perfecto, y al poco tiempo, la mente que aún desea que vivas la mejor vida posible, volverá a señalar los nuevos defectos, los contras de tu nueva situación.

Y de nuevo, seguramente los intentarás mejorar, y es posible que incluso tengas fortuna y funcione. 

De nuevo, durante un tiempo estarás más tranquilo. Pero probablemente con el tiempo la mente empiece a señalar una vez más las lagunas de tu nueva vida. Cuando la adrenalina, la novedad de la nueva situación haya decaído, la mente evaluará críticamente la situación y sin duda encontrará aspectos mejorables.

Este ciclo puede ser infinito, y las personas se describen como eternos insatisfechos o afirman autosabotarse, incapaces de disfrutar y de ser felices en ninguna circunstancia.

Sólo encuentro una salida. 

En primer lugar, identificar esa parte de nosotros que con la mejor intención del mundo, tratando que seamos los más felices, señala insistentemente aquello que no es tal como deseamos. Curiosamente, es posible que nos encontremos con una parte de nosotros muy amorosa y cariñosa, pues nos ama, y de ese amor sale su interés para que tengamos la vida más satisfatoria.

En segundo lugar, frustrarla, conectar con ella y reiteradamente mostrarle que su intención no es posible. Ya no perseguimos la mayor felicidad, ya no nos vamos a involucrar en mejorar artificialmente nuestra vida, si no que vamos a tratar de aprender a disfrutar de las circunstancias actuales. Aprender a disfrutar de lo cotidiano.

“Gracias por tratar insistentemente que sea lo más feliz posible, pero ese mecanismo de estar señalando e intentar corregir todo lo imperfecto e incompleto no me está funcionando. Entiendo que en la selva, deshacerte de lo malo es bueno, pero en mi mundo del s.XXI la realidad es compleja y siempre hay aspectos que serán mejorables. Tratar de eliminarlos es una lucha imposible, así que aprendo a disfrutar lo que sí me aporta mi vida actual.”

Primates en la ciudad

Primates en la ciudad es un relato en el que intento unir nuestra evolución como especie con el estilo de vida en el s. XXI y la necesidad de aceptar ese “monito” que vive en nuestro interior que está diseñado para vivir en un entorno muy diferente al actual.

Deseo que disfrutes de la lectura.

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Recuerdos Futuros

De un tiempo a esta parte, sentir todo lo que sucede en el “aquí y el ahora” se ha convertido en una estrategia terapéutica habitual.

Es una fórmula que ha tenido gran calado y eficacia en nuestra cultura psicológica, tanto es así, que la encontramos en modelos psicoterapéuticos muy dispares. En la ACT (Terapia de Aceptación y Compromiso) es uno de los 6 elementos clave de la terapia, la aceptación.

Y obviamente es una técnica interesante, especialmente en una cultura dada a identificarse con su mente.

Pero a la vez, como todo, necesita equilibrio para evitar los riesgos que esta estrategia puede conllevar. Si lo apuesto todo al sentir, si asumo que mi bienestar está detrás de permitirme sentirlo todo, voy a “abusar” con lo que puedo obsesionarme con lo que me sucede aquí y ahora como vía para que deje de sucederme lo que no deseo. La lógica sería, mi dolor es resultado de mi evitación, si dejo de evitar estaré bien.

Si asumo que el cambio vendrá “por si solo” cuando sea capaz de sentirlo todo, lo único que estoy creando es un patrón de introspección y, en consecuencia, de desconexión externa. Si abuso del sentir, lo que posiblemente consiga es que las experiencias internas, especialmente las desagradables, cobren mayor relevancia (y frustración porque siguen existiendo), es decir, sean estímulos discriminativos más potentes.

Todo esto nos puede abocar a un círculo vicioso ya que se van a agudizar mi sensibilidad interna, y también mi plan oculto de “necesito evitarlo”, y como consecuencia, más dosis de “sentir para sanar”.

Por supuesto que sentir es necesario, así evito funcionar en modo automático, y que mis pensamientos y emociones habituales sean los que tomen las decisiones. Si soy capaz de “darme cuenta” de ese pensamiento o esa emoción, entonces tengo capacidad de cuestionarlo o de decidir sobre él.

Y he aquí, el factor clave para mí en terapia, la decisión. Sentir me permite familiarizarme, agrietar ese patrón de evitación emocional automático, y es un ingrediente imprescindible para que YO al darme cuenta del funcionamiento de mis emociones y pensamientos, decida qué hacer en una situación determinada.

El camino más sencillo que se me ocurre para llegar a esa situación, es lo que denomino “recuerdos futuros”. Se trata de verme a mi mismo, como si de una película se tratase, con los ojos de quien seré de aquí un tiempo.

Y la pregunta que me brota es ¿Qué película quiero recordar? ¿Cómo quisiera recordarme en aquella situación, con independencia de cómo me estuviera sintiendo? 

No se trata de decidir cómo me sentía, o cómo desearía haberme sentido, ni siquiera de cómo me hubiera gustado que los otros me trataran, ni de qué circuntancias me tocó afrontar. Se trata de, dadas aquellas circunstancias, ¿cómo me sentiría orgulloso de quien fui?.

Así podemos enlazar con otro de los elementos terapéuticos de la ACT, los valores. Vivimos apegados a nuestras emociones, y sentir puede engancharnos más si no lo combinamos con otras fórmulas de distanciamiento y decisión vital.

¿Quién quiero recordar haber sido? Habitualmente cuando me voy al futuro, cómo me sintiera en un momento determinado es menos importante, y nos permite ver la situación de otra manera. El lugar más alejado en el tiempo al que puedas ir, probablemente sea ese segundo antes de morir, y mirar atrás, y pensar si estoy orgulloso de cómo he actuado dadas las circunstancias.

La “mente” es mi amiga

“Aceptación de lo que soy “ es practicar la amabilidad con uno mismo.
A la práctica es la actitud de abrirse a todos los personajes internos que nos habitan, y que en conjunto llamamos mente.
“Aceptación de lo que soy” parte de la premisa que nuestra mente siempre trata de ayudarnos desde su perspectiva limitada e inocente, siempre con el foco en la supervivencia.
Desde la posición de “Aceptación de lo que soy” no entiendo los múltiples enfoques que nos presentan a la mente, al ego, o al no-ser, como un enemigo, como una parte de ti peligrosa que va en tu contra.
Desde mi posición, tampoco entiendo esas perspectivas de la espiritualidad o el crecimiento personal que promueven el sentimiento de culpa por no ser “tú mismo” o no estar conectado con tu verdadero ser.
Estas posiciones fomentan cruelmente la disociación de las partes que nos habitan, creando lucha y miedo entre ellas. A la vez, generan la expectativa que seas diferente a quien eres en este momento.
Creo que estas posiciones aumentan el conflicto y la guerra civil interior, en lugar de fomentar La Paz con lo que soy, aquí y ahora.
Si mañana tengo que ser diferente, que sea desde la amabilidad y La Paz con todos los seres que me habitan, y a su forma, tratan de cuidarme y de protegerme y, sin duda, me aman.

La hormiga cósmica

Utilizo la expresión “hormiga cósmica” para equilibrar el egocentrismo de los humanos. Nos creemos el centro de la creación, que la vida gira entorno a nosotros, que lo que sucede es por y para mí. 

Esto tiene sus raíces en la biología y la evolución, pues mirar el mundo desde mí, investigar el grado de influencia que tengo en lo que sucede a mi alrededor me permite adaptarme y aumentar la probabilidad de supervivencia.

Pero quizás, con la cultura narcisista y ególatra que nos inunda, lo hemos llevado un paso más allá asumiendo que el universo está a mi servicio.

“Soy una hormiga cósmica” es un mantra que me recuerdo cuando el narcisista ególatra que vive en mí empieza a tratar de interpretar el mundo desde una posición “miguelcéntrica”.

El “miguelcentrismo” es esa parte de mí que asume que el “llámale universo” siempre va a estar de mi lado. Que se cree injustamente tratado cuando las cosas no salen de la forma que yo deseo o espero. Que entiende que la vida no es justa para los demás, pero para mí si que debe serlo, pues yo me porto bien y merezco la protección y cuidado universal como ser único y especial.

Para equilibrarlo, me miro desde los confines del sistema solar, de la galaxia y del universo, y queda claro que no soy más que una hormiga pequeñita y breve. Si me miro desde allí, veo que la diferencia entre “yo y tú” es nula, y también lo es con cualquier hormiga.

El plan oculto.

Parece que dándonos cuenta de que la vida, inevitablemente, tiene momentos de dolor, tratemos de impedirlos.

Parece que accedemos a la terapia, a la espiritualidad, al crecimiento personal o cualquier de sus variantes con un plan, más o menos oculto: separar lo bueno de lo malo, el dolor del bienestar, y lograr alejarlo de uno.

No se si alguna vez os he hablado de advaita. Me encanta esta filosofía, me fascina leer relatos personales de maestros “iluminados”, pues me acerca a una posición más terrenal de la iluminación, del dolor y la aceptación.

El maestro se presenta como alguien que simplemente ha “perdido” la capacidad de ser uno, de sentirse yo independiente, y por tanto, vivir con una mayor consciencia de que todo está unido.

Pero a la vez, aseguran que sus vida no han cambiado en absoluto por la “iluminación”. Siguen sucediendo episodios agradables y desagradables. Siguen existiendo los momentos de dolor inevitables. Lo que sí ha cambiado es la intensidad, el drama personal con el que se experimenta.

Estos relatos me han ayudado a dejar de “culparme” porque mi vida no sea como desearía que sea (siendo ya mejor de lo que podría haber esperado). Me han ayudado a calmar ese “tirano amoroso interior” que sigue creyendo que si yo soy mejor, mi vida será mejor. Que sigue creyendo que mi imperfección es la causa del dolor, que sigue confiando que el dolor es evitable.

Ese “tirano amoroso interior” sólo trata de que mi vida sea más maravillosa, y considera que el camino es presionarme para que yo sea mejor y que mi vida lo refleje. 

Sólo trata de señalar mi imperfección, mi vulnerabilidad, de captar la molestia o insatisfacción del otro para que la corrija y me sigas queriendo. 

Ha recibido mucha información en esa dirección que ha acabado creyéndose, tengo que ser mejor para que la vida me vaya mejor.

Desde hace ya mucho tiempo, trato de calmarlo, haciéndole notar que sólo soy un humano limitado. Que no puedo lograr todo lo que me propone o no todo inmediatamente.

Poco a poco, no vamos entendiendo. A veces, nos entendemos más, a veces menos. Yo puedo ver su lógica que un día fue la mía, y comprenderlo sin dejarme arrastrar, y parece que “él” va disminuyendo la presión. El resultado es la misma vida, con menos tensión interior.