la metáfora del árbol

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Imagina por un momento que quieres cultivar un bonito árbol.

Para conseguirlo, yo colaboraré aportándote una semilla. A partir de ahí, todo depende de ti.

Si tienes una semilla y quieres que se convierta en un árbol, ¿qué tendrás que hacer? La respuesta para la mayoría de urbanitas sería “conseguir un recipiente, tierra y abono”. Y, ¿esto donde se encuentra? En un Garden Center, por ejemplo. Pero como suelen estar a las afueras de las zonas residenciales, seguramente nos dé pereza acercarnos hasta allí. Y entonces diremos, “ya iré”, posponiendo nuestro proyecto.

Al decidir que irás en otro momento, estás consiguiendo que en ese instante el esfuerzo inevitable de tener que moverte para comprar se elimine. Pero entonces hay un problema. Cuando te metas por la noche en la cama, ¿qué tendrás en la mano? ¡LA SEMILLA! Pero no ha empezado a convertirse en árbol.

Y sí, es verdad, podrías comprar el árbol del que estamos hablando, pero también sabes que nunca sería lo mismo que si lo hubieras cultivado tú.

Al día siguiente, si quieres que al acostarte no esté la semilla en tu mano ¿qué tendrás que hacer? ¡Ir a comprar! Y para conseguirlo, tienes que ser paciente contigo mismo y con la sensación de falta de ganas de ir en ese momento, porque es cierto que desplazarse hasta el Garden Center supone un esfuerzo, pero justamente eso es compatible con tener ganas de tener un árbol.

Supongamos que, finalmente, decides ir a comprar. El siguiente paso, de vuelta a casa, será plantar la semilla, ¿verdad? Pero podemos sentir que por hoy ya nos hemos esforzado suficiente —y no digo que no sea así. Aunque, si nos dejamos llevar por esa sensación, ¿qué será lo siguiente que nos apetezca hacer? Descansar. Y al llegar la noche y meternos en la cama, ya puedes imaginar lo que pasará. ¿Qué descubrimos en nuestra mano?… ¡UNA SEMILLA!

Al día siguiente, con voluntad te decides a plantarlo, pero al abrir el saco de tierra descubres con desagrado que… ¡mancha! Y tú no te quieres manchar. Para no experimentar esa suciedad, ¿qué harías? Efectivamente, cualquier otra cosa. Pero, al llegar la noche, ¿qué encuentras en tu mano? ¡CLARO, UNA SEMILLA!

Si decides vivir calmadamente la experiencia de ensuciarte, te pondrás manos a la obra y prepararás todo lo necesario, y… ¡ya podrás desprenderte de la semilla!

El siguiente paso es regar, pero claro, ¿qué haces regando un trozo de tierra? La imagen de uno mismo regando un trozo de tierra es un poco extraña, y si no quieres sentir que eso es muy raro, ¿qué harías? No regar. ¿Y qué probabilidades tienes de tener un árbol? ¡Cero!

Te decides que por raro que sea regar tierra, eso tiene sentido porque saldrá un árbol, o no. Porque, ¿quién te garantiza que vaya a brotar? ¿Quién te asegura que tu esfuerzo tendrá resultados? Como no estás dispuesto a esforzarte en vano, ¿qué haces entonces? Lo adivinaste una vez más: No regar. Y ¿qué probabilidades tienes de tener árbol? Cero.

Una vez más te superas a ti mismo, y sigues adelante, pero aparece otra duda: ¿Y si sale un árbol que no me gusta? Esforzarte por algo que no valga la pena no está en tus planes. Así que… ¡dejamos de regar! Resultado: cero posibilidades de que brote.

Y por cierto, ¿recuerdas por qué empezó todo esto? PORQUE QUERÍAS UN ÁRBOL. Aunque sé que a estas alturas ya no tienes muy claro si lo quieres o no. ¿Te suena esa sensación de confusión?.

Si a pesar de todos esos obstáculos sigues adelante, es posible que tengas alguna oportunidad de tener un árbol. Es verdad que nadie puede garantizártelo, pero —a menos que lo compres— cultivarlo es la única forma de conseguirlo. Si logras que brote, ¡FELICIDADES!; y si no ¡FELICIDADES! Porque nunca te podrás reprochar que no tuviste el árbol por falta de compromiso, te podrás decir: “he hecho todo lo que pude”.

Supongo que ves a dónde quiero llegar con esta historia, ya sé que he exagerado un poco, y que plantar un árbol quizá no sea para tanto, pero ¡ya sabes como somos los psicólogos!

Imagina que ese árbol del que hablamos es tu vida, te das cuenta de todos los pasos que tenemos que dar para hacerla “brotar”, para hacer que siga adelante. E inevitablemente, muchos de esos movimientos suponen algún tipo de estados emocionales desagradables (no tengo ganas, “¿de qué servirá?”, esfuerzo, etc). Si para no experimentar ese malestar, nos deshacemos de él de manera inmediata, es posible que también nos estemos apartando de la oportunidad de conseguir desarrollar una vida de la que sentirse orgulloso, en la que no te puedas recriminar que no jugaste con toda la energía que requería.

La metáfora de la semilla_rev2 (pdf)