9. Vivir en el zoo

Vivir en el zoo

En nuestras sociedades las reglas han cambiado. Ya no tenemos que estar continuamente pendientes de nuestra superviviencia, y además, contamos con una mente capaz de relacionar cosas de manera simbólica. Entonces, la pregunta es: ¿y ahora, a qué se supone que se tienen que dedicar los primates humanos?

Mientras que la vida salvaje es conservadora –todo el tiempo hay que estar pendiente del depredador, siempre al acecho–, la vida en el zoo puede ser creativa, porque como hemos comentado, aquí un riesgo razonable está más que permitido. ¡Bienvenido al juego de la vida! ¿Te animas?

Aquí, en el zoo, no es necesario vivir continuamente pendientes de nuestras emociones, aunque hayamos nacido para ello. Pero, ¿hay algo más en lo que podamos confiar?

Si recuerdas, al final del artículo “Como aprenden los primates”, dijimos que más adelante hablaríamos de una de las capacidades más importantes de nuestra mente para relacionar cosas. Entre las más fascinantes, se encuentra la “posibilidad de viajar en el tiempo”.

Es el resultado de otras capacidades de relación que tenemos los primates humanos, y es que gracias a saber que hay un aquí y un allí, un ahora y un después, y finalmente, un tú y un yo, podemos viajar en el tiempo.

¿Cómo se hace? Sencillo, teniendo en cuenta quién eres aquí y ahora, en el presente, puedes intentar hacer una previsión de quién serás en 6 meses o 2 años, tú mismo, allí y entonces. ¿Lo has conseguido? ¡Pues ya has viajado en el tiempo!

La maravilla de esta capacidad es que nos permite vivir simbólicamente un futuro que no existe, ni tiene porqué existir, pero nos permite “crear” una imagen de nosotros mismos de la que nos sentiríamos orgullosos e intentar luchar por alcanzarla.

Esta imagen no se compone sólo de las cosas materiales que nos rodearían, si no de qué actitudes, de qué comportamiento, qué forma de ser me gustaría crear en mí. Al viajar en el tiempo no se deciden qué circunstancias quieres vivir, sino, independientemente de éstas, cómo las decides vivir.

Para eso será muy importante que aprendas la toma de decisión. Como hemos visto, para elegir, utilizamos en exceso las emociones y los pensamientos como criterio. La toma de decisión en el zoo los debe tener en cuenta, pero también puede ir más allá.

Recuerda que los pensamientos y emociones sólo están pendientes del aquí y el ahora, y los primates humanos, gracias a nuestra capacidad de viajar en el tiempo, disponemos de más recursos para elegir cómo vivir.

¿Cómo se toman decisiones en el zoo? Te planteo algunas preguntas que te pueden ayudar en el momento en que te encuentres con la necesidad de elegir:

  • Yo aquí y ahora, experimentando la emoción X y el pensamiento Y, ¿qué decido hacer en esta situación concreta?
  • ¿Qué debo hacer yo, aquí y ahora, para sentirme orgulloso de mí mismo cuando toda esta situación haya terminado?

El objetivo es conseguir crear el máximo de recuerdos futuros[1] de los que la persona se sienta orgullosa, para que cuando un día ese futuro llegue pueda experimentar que su vida ha valido la pena. Y es que conseguir darle valor a tus actos, quizá consiste en acumular muchos de ellos con los que sentirse identificado.

Para lograrlo, también es muy importante que identifiques tus propios alicientes, ya que como se expone en el artículo “Diferentes tipos de primates” todos somos diferentes. Es decir, a cada uno una misma actividad nos puede llenar o aburrir, pero por motivos diferentes. Descubrir qué tienen en común las actividades que te llenan, qué características comparten las que no te generan alicientes puede ser interesante para que en este juego seas más coherente contigo, con quién eres. Además te abre la puerta para descubrir más actividades que tengan las mismas características y que puede que nunca te hayas planteado hacer.

Por ejemplo, un deportista que disfruta sin tener que esforzarse al practicar un determinado tipo de ejercicios, descubre que tienen en común la obligación de competir. Esta persona será poco propensa a hacer actividades que no impliquen a otras personas con las que medirse. Por otro lado, podría entretenerse con actividades de grupo como…¡jugar al cinquillo! porque implicar competición.

Esas características que hacen que una actividad nos suponga un aliciente las podríamos comparar con los nutrientes de la comida. Cada uno tiene sus platos preferidos pero para seguir una dieta equilibrada y personalizada, deberemos tener en cuenta nuestras características y necesidades, no sólo los gustos o las preferencias.

Aunque es muy satisfactorio poder elegir qué comer y nutrirte con tus alimentos preferidos, lo cierto es que lo fundamental es que te aporten los nutrientes que cada uno necesita. Y si no puedo tomar la proteína de la manera que más me gusta, tendré que buscar alternativas, ¡pero que contengan proteína!

Las acciones de nuestra vida también nos nutren, nos aportan diferentes ingredientes que son más o menos importantes según la persona. No siempre las circunstancias nos permiten elegir qué vivimos, pero no nos pueden robar cómo vivirlo, y si lo hacemos de manera personalizada, estaremos nutriendo nuestra vida y haciéndola más rica.

No siempre podremos completar nuestra rutina con nuestras actividades preferidas, pero aún así podemos intentar encontrar aquellas que aunque no sean las más deseadas contienen los nutrientes, los alicientes que son relevantes y necesarios para cada uno de nosotros.

Convivir en el zoo

Como se recoge en “Primates en manada”, es vital para los primates no ser rechazados, porque eso los dejaría en una situación complicada frente a posibles depredadores. Es natural entonces, que los primates humanos tengamos cierto reparo a la hora de afrontar situaciones sociales comprometidas, y nuestro impulso sea ahorrarnos esa situación, evitando el contacto con la otra persona o, como mínimo, la conversación.

En el zoo, el riesgo no es tan extremo y aunque a veces no lo parece, lo cierto es que nos podemos permitir ser rechazados, por algunas personas al menos. En la sociedad, nuestras interacciones con los demás pueden estar encaminadas a algo muy interesante: crear relaciones sociales íntimas e intensas.

La cuestión sería cómo se crean esas relaciones que tanto nos llenan. Y la respuesta es que se basan en el contacto, es decir, el tiempo compartido, pero especialmente en la confianza.

Y, ¿cómo se consigue la confianza con alguien?

Pues básicamente apostando progresivamente por esa persona, y que ella te corresponda. ¿Cómo se apuesta? Con transparencia, creando una relación en la que las opiniones, comentarios y emociones se puedan compartir sin que eso suponga un conflicto, es decir, que lo que aportamos sea respetado por la otra persona.

¿Y si no es así?

Pues te respondo con otra pregunta: ¿te interesa una relación con alguien en quien has confiado y no te ha respetado? Las personas que nos respetan y que nos devuelven transparencia son las personas en las que confiamos, porque nos han demostrado que pase lo que pase van a estar a nuestro lado, puede que estén de acuerdo o puede que no, pero nos apoyen o nos cuestionen lo harán siempre desde el cariño y la voluntad de ayudar.

Pero, claro, decirle a alguien que no te gusta algo de su comportamiento supone asumir el riesgo de ser rechazado y eso molesta al primate que llevamos dentro. Desgraciadamente, si no apostamos por sincerarnos y ser honestos con esa persona en la que confiamos, tendremos relaciones mucho más superficiales y menos placenteras.

¿Debo decir todo lo que me hace sentir la otra persona?

La respuesta es que no. Todos tenemos nuestras peculiaridades y unas gustan más, y otras menos. Si queremos construir una relación íntima e intensa tendremos que respetar y aceptar cosas del otro que nos pueden generar malestar o, cuando menos, incomodidad. En cualquier caso, es una perfecta ocasión para conocerte mejor, saber por qué esa característica de la otra persona te provoca esa molestia.

¿Qué debo transmitir?

Pues aunque es evidente, no olvides transmitir lo que no te gusta, pero especialmente lo que sí. De lo que no te gusta intenta filtrar aquello que desearías que cambiara, pero no porque a ti no te guste, sino porque crees que puede suponer un problema para la relación en el futuro.

¿Cómo lo trasmito?

Plantéate que cada opinión que aportas es como un regalo que le haces a la otra persona, una oportunidad de conocerte mejor, y de que valore hasta qué punto considera importante lo que le estás explicando.

Por ejemplo, todos los regalos los hacemos con la mejor intención y con la esperanza de que sean bien aceptados por la otra persona. Pero lo cierto es que puede decidir quedárselo (respetar y plantearse cambiar algún aspecto concreto), devolverlo (argumentar sobre su propia opinión) o tirarlo a la basura (discutir y atacarnos).

Frente a su respuesta, nuestro compromiso es decidir qué personas queremos a nuestro lado. Sin imponer nuestros regalos pero tomando decisiones cuando de manera repetida sean tirados al contenedor.

Hay que tener en cuenta que en otras ocasiones podemos ser nosotros lo que recibamos los regalos. En la jungla, si un primate está siendo atacado, lo razonable es que se defienda o, en su defecto, que se esconda. Lamentablemente, ninguna de las opciones nos proporciona relaciones íntimas e intensas.

En el zoo, nuestro esfuerzo irá destinado a dar ejemplo y elegir entre aceptar el regalo (y el esfuerzo que conlleva el cambio solicitado) o devolverlo (argumentando respetuosamente nuestra opinión).

El objetivo es transmitir a la otra persona que puede darnos su opinión porque se ha ganado un espacio propio en nuestra vida; pero que no tiene voto. Es decir, la última decisión siempre será la nuestra. Y si insisten, procurad calmadamente dejar claro que la decisión ya está tomada.

¡Suerte en la difícil tarea de la relación con otros primates!