8. Educar al primate

Educar al primate

Como he intentado transmitir en los diferentes escritos de “primates en la ciudad”, durante nuestras vidas tenemos que convivir con una parte de nosotros que tiene sus orígenes en la jungla más salvaje y, tiene como único objetivo, la propia supervivencia, lo que supone asumir riesgo 0.

Todos tenemos que aprender a convivir con ese primate interior que, por diferentes motivos, puede estar más “despierto” y no enredarse en discusiones con el mono, que no llevan a ningún lugar. Desgraciadamente, podemos haber pasado – o nos han explicado – circunstancias que el primate procurará evitarnos, eso significa que está más despierto.

¿Por qué tenemos que convivir con él y no lo podemos extraditar?

Para hacernos una idea de cómo funciona el primate, lo podríamos comparar con una persona que nos aprecia especialmente, y que considera que estamos cerca de asumir un riesgo muy grande o incluso percibe que vamos a fracasar. En estas circunstancias, y con la única intención de protegernos, nos intentará transmitir un mensaje.

Si en esos casos intentamos minimizar es riesgo e intentamos convencer a la otra persona de que no pasa nada, difícilmente la convenceremos y sólo se creará un discusión aún mayor; cada uno intentando convencer al otro.

Si como alternativa hacemos como si no lo escucháramos, o que no estamos valorando su opinión, lo único que conseguimos es que se esfuerce más – suba el tono y aumente la gravedad de la situación – para que la escuchemos. Nos está intentando proteger, y no va a desistir hasta que le tengamos en cuenta.

Frente a alguien que nos quiere cuidar, lo mejor que podemos hacer es ser agradecidos (“gracias, por tu opinión”) y transmitir la sensación de que será tenido en cuenta (“lo pensaré”).

Evidentemente, también pasa que por más que lo hagas de la mejor manera, puede que siga insistiendo porque no sólo quiere ser escuchada, sino que, además, quiere convencerte. Pero incluso así, si tenemos que elegir entre agradecer o discutir, me quedo con agradecer.

Esto significa que utilizar un sistema u otro para gestionar la presión de otros, o la presión interna del primate, no va a servir para eliminarla, es decir, para que se callen. Ser más o menos educado no será un sistema para que los demás dejen de protegerte, y tampoco el primate, pero sí puede servir para una situación menos agresiva y dolorosa.

Una de las estrategias del primate para protegernos es generar pensamientos y emociones desagradables, para chantajearnos –“si me haces caso y te proteges, te dejo en paz, y te alivio del malestar”. Si frente a esta estrategia nosotros respondemos con agresividad, sólo estamos consiguiendo aumentar e intensificar los pensamientos y emociones desagradables, ¡por que habrá más! Los iniciales, y los del conflicto.

Trasladando el ejemplo al primate, que es la parte de nosotros que tiene como única tarea nuestra protección y supervivencia, el objetivo será aprender a convivir con él sin que sus esfuerzos condicionen, limiten, ni causen un dolor innecesario en nuestras vidas.

Para conseguirlo tenemos que educarlo y, para hacerlo tenemos que aprender a observar al primate intentando ¡salvar nuestra vida! Además, hay que recordarle que ya no estamos en la jungla. ¡Nos podemos permitir arriesgar! Aunque no le guste.

¿Cómo intenta el primate salvarnos?

Lo hace básicamente con dos sistemas complementarios, los pensamientos y de las emociones. Nuestro objetivo es darnos cuenta de qué pensamientos y qué emociones son los que nos ofrece el primate e identificar cuál es la intención de cada uno de ellos – recuerda siempre protegernos -, de qué nos está alertando el primate.

Una vez concluida esa primera fase, debemos transmitir respeto por sus esfuerzos, y por supuesto, no enfadarnos con él. Eso significa no luchar contra –no intentar deshacernos de– los dos elementos básicos con los que el primate intenta protegernos, a saber, pensamientos y emociones.

Cuando intentamos no pensar de una determinada manera o no experimentar cierta emoción, no estamos respetando al primate, y en la medida en que considere que su mensaje es importante, lo que hará será gritar más para que le atendamos, es decir, aportará pensamientos más contundentes y emociones más intensas.

El proceso de educación del primate implica una actitud fundamental: la paciencia. Cuando queremos conseguir algo, no nos gusta encontrarnos con dificultades y el primate con sus “consejos” no nos lo pone fácil, así que, lo que más nos gustaría es que se callara. Si lo intentamos, ya conoces el resultado. La opción alternativa, como vengo repitiendo es:

  • Identificar esos esfuerzos en forma de pensamientos y emociones.
  • Notar el impulso que nos genera, ¿qué nos está aconsejando el primate hacer en esa circunstancia?
  • Evaluar el resultado a largo plazo de ese consejo.
  • Acordarse de quién está experimentando todo eso y
  • Clarificar cuáles son los recuerdos futuros que esa persona quisiera tener.

Dicho de otra manera, la cuestión sería sopesar si lo que la persona quiere obtener a largo plazo es diferente de lo que conseguiría dejándose llevar por el primate. Tenemos paciencia, respiramos, dejamos que pase el tiempo. Experimentamos toda la presión que el muy mono es capaz de hacer… Y cuando haya entendido que no le vamos a hacer caso, seguimos adelante con nuestro proyecto personal.

¿Cuándo saber que el primate ha entendido que no le vamos a hacer caso?

Cuando a la hora de tomar una decisión que no le parece bien, por ejemplo, hablar en público, dejamos que nos diga todo lo que piensa –“no lo voy a hacer bien”, “se van a reír”, “voy a hacer el ridículo”, “tengo vergüenza”– y notaremos que inicialmente tiene mucho ímpetu, después un poco más, pero seguramente después un poco menos, y cuando eso pase le podemos transmitir “ya te he escuchado, gracias, pero ahora decido yo”. Y en contra de la voluntad del primate que se seguirá quejando, intentamos ser coherentes con lo que queremos obtener a medio plazo.

Educar al primate es descubrir que siempre hay un ser humano allí, recibiendo la presión por comportarse como en la jungla por parte del primate, procurando no identificarse con él, respetando que forma parte de nosotros, pero aclarando que no sólo somos él.

En la toma de decisión, cuando tenemos que decidir algo en lo que el primate no está de acuerdo –todo un ejercicio de paciencia–, es dejar por escrito la influencia que ejerce para que le hagamos caso, sin decidir en una dirección u otra. Y cuando notemos que se ha cansado (la intensidad de su lucha será menor) revisamos todo lo que hayamos escrito (todos los pensamientos y emociones que hayamos experimentado) y, sólo entonces, podremos decidir.

Sé que escrito y leído parece más fácil de lo que es, pero reconozco que no es así. Por eso se han desarrollado sistemas como la práctica de mindfulness, para entrenarse en las habilidades de identificación del primate y su influencia. Además nos enseña a distanciarnos y a tomar decisiones en las que el primate tiene voz, pero no voto.