1. Somos Primates

Somos primates

¿Desde cuándo vivimos en civilización? Pues yo tampoco lo sé, pero no hace mucho, si lo comparamos con el tiempo que hace que hay vida en el mundo. Cuando nacemos, ¿dónde se supone que tendríamos que vivir? En el mundo salvaje, en la jungla, la sabana, etc.

Con todo esto lo que pretendo es poner de manifiesto que los organismos llevan miles de millones de años evolucionando con un objetivo: sobrevivir en el mundo salvaje. Y hace unos miles de años, los humanos nos inventamos las civilizaciones, cambiando por completo las reglas del juego, las reglas del mundo salvaje.

La pregunta que me hago es la siguiente es ¿Cuánto tarda un organismo en adaptarse a un nuevo entorno? Lo cierto es que tampoco lo sé, pero estoy casi convencido de que tarda más que el que llevamos viviendo en civilización. Es más, por el tipo de vida que llevamos no propicia la evolución de la especie, porque al tener “garantizada” la supervivencia no se premia a los organismos mejor adaptados. Los avances médicos hacen que la mayor parte de los organismos puedan finalmente sobrevivir, y esto supone otro cambio en las reglas que había en el mundo antes de que los humanos influyéramos en su desarrollo.

A lo que voy que me pierdo. La cuestión es que nuestro organismo, entendiendo que es el resultado de la evolución desde la primera célula con vida propia, siempre ha servido para sobrevivir. Y que si después del tiempo que llevamos en civilización, no ha habido tiempo para seguir evolucionando ¿para qué está preparado nuestro organismo entonces? Pues yo diría que para la SUPERVIVENCIA.

Esto lo explico porque desde tiempos de Descartes se defiende que mente y cuerpo son entes diferentes. Esto ha llevado a que los humanos se sientan orgullosos de su capacidad de pensar, y la verdad es que tiene mucho mérito, ¡somos el único animal capaz de hacerlo! Pero, ¿y si la diferencia entre cuerpo y mente es más de forma que de fondo?

Si consideramos el organismo desde una perspectiva amplia, podemos plantearnos que no sólo tiene que ser la parte biológica o física. Organismo también puede ser la mente. De tal manera que el organismo puede ser el conjunto de cuerpo y mente.

  • ¿Para qué habíamos dicho que servía el organismo? Para la supervivencia.
  • ¿Para qué está diseñado nuestro cuerpo? Para la supervivencia, sirvan como ejemplo todos los instintos que tenemos, o el fenómeno de la ansiedad entendida como la respuesta de lucha o huida.
  • ¿Para qué servirá la mente? Déjame que lo piense… para la ¡SUPERVIVENCIA!

Es maravilloso poder pensar, y es verdad que tiene mucho mérito. Basta comprobar el poder que nos ha aportado esta capacidad para controlar el mundo, aunque uno no sabe si ha sido para mejorar o empeorar, (me refiero a la relación que mantenemos con el mundo, ya sabes, la ecología y esas cosas). Pero lo que intento sugerir es que la mente viene pre-programada para una tarea importantísima, nuestra supervivencia. Todo lo que haga la mente y el cuerpo será para sobrevivir.

En momentos en que las circunstancias sean tranquilas, nuestra mente y cuerpo se relajan. Pero cuando el entorno nos genere cualquier tipo de riesgo, nuestra mente y cuerpo empezarán a hacer lo que mejor saben hacer: protegernos.

Como decía, cuando nacemos lo hacemos con todo un hardware y software preparado para la supervivencia en entornos salvajes. ¿Y qué se encuentra nuestro organismo? Que las reglas han cambiado porque ahora vivimos en un “zoo”, un lugar donde los peligros ya no son los que deberían ser, y por tanto, nuestro equipo de supervivencia se encuentra con algunas dificultades para adaptarse.

En este zoo en el que vivimos, los peligros ya no son tigres, tigres, leones, leones, todos quieren ser los… me vuelvo a perder. Como decía, en nuestra vida cosmopolita los peligros ya no son depredadores, sino la hipoteca, el trabajo, la pareja, etc.

Para averiguar las implicaciones de vivir en un contexto diferente al esperado, repasemos las leyes del mundo salvaje. Fundamentalmente se pueden resumir en dos.

La primera es “alejarse de cualquier cosa que pueda ser potencialmente peligrosa”. Es la regla prioritaria y se aplicará siempre que sea necesario. En el momento en que el organismo identifique un posible riesgo, se disparará una reacción instintiva que servirá para ponerse a salvo, habitualmente huir del origen del riesgo.

La segunda regla es “aproximarse a cualquier cosa que sea satisfactoria”. Esta ley sólo será aplicada siempre y cuando no esté en marcha la primera. Es decir, que si un animal descubre un gran manjar (algo satisfactorio) mientras esté siendo perseguido por un león (peligro) siempre tendrá prioridad la primera ley. Recuerda: siempre elegimos no ser comidos, antes que comer.

Por tanto, si observamos el comportamiento de los animales, vemos que su comportamiento se rige ampliamente por estas leyes. Si hay peligro, se alejan. Si hay comida (o cualquier otra satisfacción) se acercan. Si no hay nada interesante, no hacen nada; bueno dormir, aunque siempre con un ojo abierto.

El conflicto de los humanos en nuestras sociedades cosmopolitas es que, como decía más arriba, tenemos todo un dispositivo (organismo) preparado para cumplir con las reglas salvajes. Pero nosotros no dedicamos la vida sólo a huir de lo peligroso y acercarnos a lo apetitivo. Queremos tener vidas plenas, conseguir superarnos, alcanzar nuestras metas, tener relaciones intensas, aprender, etc. Por desgracia, conseguir todos esos objetivos vitales, en ocasiones, puede ir en contra de nuestra naturaleza más primate.

Hay primates humanos que viven en un estado de nerviosismo, pero ¿por qué? Desde el punto de vista salvaje, esos estados tienen que ver con un animal que ha identificado un potencial riesgo. De alguna manera, actuamos igual a nuestros ancestros cuando estamos huyendo de algo que pueda ser valorado por nuestro organismo como un peligro. Esos estados que nos resultan tan desagradables acostumbran a ser el resultado de la lucha contra diferentes aspectos de nuestra vida.